Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
En Morelos, la obra pública es como esas casas viejas del centro: uno rasca un poco la pintura y aparecen tres capas de historia, dos de humedad y una de misterio. Por eso, cuando la gobernadora Margarita González Saravia presentó su informe y luego se lanzó a una gira de siete municipios, el ejercicio tuvo un aire de arqueología aplicada: levantar piedras, revisar cimientos y ver qué demonios había debajo.
La gira fue una especie de safari institucional. En cada municipio, la gobernadora soltó cifras verificables: más de 200 obras, 730 millones de pesos invertidos, 60 kilómetros de vialidades rehabilitadas, 110 escuelas intervenidas, 112 millones para rutas de evacuación del Popocatépetl. Todo dicho con la serenidad de quien sabe que, al menos esta vez, los números están ordenados y no guardados en cajas de zapatos.
Mientras tanto, el sector de la construcción vive un fenómeno digno de documental: según Quadratín Morelos, las empresas constructoras morelenses incrementaron su participación en obra pública más de 1,000 por ciento. El presidente de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción en Morelos, Armando Núñez Iragorri, lo explica como un “auge histórico”. Y sí: después de años donde la obra pública era tan escasa que casi podía guardarse en un cajón, hoy hay movimiento real. El padrón creció 25 por ciento, hay más competencia y menos monopolios de obra. Algo cambió.
Y para entender ese “algo”, hay que mirar hacia atrás. Con casco, lámpara y paciencia.
La deuda estatal pasó de 1,500 millones a más de 11 mil millones de pesos. Ocho veces más. Una especie de maratón financiero sin medalla al final. La obra pública visible no creció en la misma proporción. Hubo proyectos emblemáticos —como el estadio “Agustín Coruco Díaz”— señalados por sobrecostos y dudas en su licitación. La Plaza de Armas, de 49 millones, terminó bajo investigación por fallas estructurales. El 95 por ciento de los contratos se adjudicaron de manera directa o por invitación restringida. Y se investigó el destino de 2,300 millones de pesos solicitados a nombre de 33 municipios sin obra visible. Varios exfuncionarios fueron vinculados a proceso.
Un sexenio que dejó más preguntas que banquetas. Si dejaron algo de dinero en las bóvedas, fue porque no lo vieron.
Las auditorías posteriores describen un escenario financiero complejo: señalamientos por desfalcos superiores a 230 millones de pesos, presuntos daños al erario por más de 6 mil millones, y un pasivo proyectado de 6,300 millones al cierre. La ASF detectó irregularidades en fondos educativos. Diversas voces señalaron una “ausencia total de obra pública” y obras inconclusas. También se reportaron casos de empresas fantasma y anomalías en contratos. La administración siguiente calificó la situación recibida como “desorden institucional” y “abandono”.
Un sexenio que dejó más dudas que cemento.
Frente al desastre administrativo que dejaron los dos gobiernos anteriores —cada uno con su propio estilo de naufragio—, el contraste con la situación actual es tan evidente que hasta los industriales, normalmente prudentes y de piel gruesa, lo han dicho sin rodeos: algo cambió. Y no lo dicen en metáfora; lo dicen con números, contratos y participación real en obra pública.
Después de años en los que la construcción local era un desierto con tres cactus y dos empresas repitiendo contratos, hoy el sector habla de un auge de más de mil por ciento, un dato que en cualquier otro contexto sonaría a exageración tropical, pero que ellos mismos documentan.
Así que sí: para quienes han visto pasar presupuestos, licitaciones, adeudos y promesas, lo que ocurre ahora se siente como una vuelta completa a la tortilla. No una vuelta poética, sino una de esas que se hacen con sartén caliente, técnica y sin miedo a que se rompa.
Y en un estado donde la obra pública llevaba años siendo un mito urbano —a veces rumor, a veces anécdota, a veces expediente judicial—, que el sector constructor salga a decir que por fin hay movimiento, orden y reglas claras, es un dato que no necesita adjetivos. Se explica solo.
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