Bajo el volcán: A prueba de fuego
Existe personas que se hacen políticos en los cargos, otras más entre los partidos. Pero unas cuantas, muy pocas diría yo, hacen la política desde las calles, desde los barrios, desde el encuentro genuino con las personas, desde el entendimiento de la dura cotidianidad que implica necesidades y carencias. Gabriel Rivas Ríos siempre prefirió ensuciarse los zapatos de polvo, desde ahí hizo política de lo común, como hoy lo llaman los Zapatistas.
Lo conocí hace más de treinta años. Antes de ser ese diputado que no parecía diputado. No vestía como tal, no hablaba como tal y, sobre todo, no vivía como tal. Mientras muchos utilizaban el cargo para alejarse de la gente, él lo convertía en una herramienta para acercarse más. Conservaba la sencillez, caminaba entre la gente y seguía participando en asambleas, reuniones vecinales y espacios donde se discutían las causas sociales que otros consideraban menores porque no daban votos ni titulares.
Lo mismo aparecía en encuentros de las Comunidades Eclesiales de Base, que en las actividades del Consejo Morelense 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular. Lo mismo acompañaba movilizaciones indígenas llegadas de Guerrero y Oaxaca que expresaba su solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Para Gabriel las luchas no eran un discurso. Eran una forma de vida.
Años después lo vi rapado, convertido en preso político durante el gobierno de Sergio Estrada Cajigal. Había sido detenido por defender el Casino de la Selva, junto a su amigo y compañero Ignacio Suárez Huape, el entrañable Nacho Huape, y otros má. Aquella imagen resumía bien una característica que nunca abandonó: no observaba las causas desde la comodidad de la tribuna; ponía el cuerpo.
Más tarde decidió emprender otro camino organizativo. Comenzó acompañando a personas mayores en su exigencia de subsidios y descuentos en el impuesto predial frente a la voracidad de un gobierno municipal. Lo que parecía una causa acotada se convirtió en un poderoso movimiento ciudadano. Era la indignación organizada.
Lo encontrábamos en casi todas las luchas relevantes de Morelos. Marchando con la UAEM en el Frente Amplio Morelense contra los excesos de Graco Ramírez. Denunciando el saqueo de despensas destinadas a damnificados del sismo de 2017. Acompañando a las madres buscadoras. Defendiendo La Casahuatera. Señalando actos de corrupción. Siempre presente cuando había una injusticia que enfrentar.
Su estilo no gustaba a todos. Era frontal, directo, incómodo para quienes preferían la prudencia antes que la denuncia. Así lo hizo hace cuatro semanas en una sesión de Cabildo, donde pareció desafiar a quienes clandestinamente maniobran de la mano del crimen organizado. Gabriel nunca pidió permiso para actuar ni sometió sus convicciones a consulta.
En las últimas horas he visto una frase repetirse en redes sociales: "el que nunca claudicó".
Quizá no exista mejor definición.
La última vez que nos encontramos me dio la impresión de que le alegró el saludo tanto como a mí. Hoy lamento profundamente su partida. Porque con él ha sido parte de una generación de luchadores sociales que entendió la política como servicio y no como negocio.
Hay personas importantes. Hay personas necesarias.
Y luego están los imprescindibles.
Gabriel Rivas Ríos fue uno de ellos. Y vaya que nos va a hacer falta. Lamento que te hayan arrebatado de nosotros, amigo, aún quedaban muchas batallas que dar. Hasta siempre.




