Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
“Lo más perturbador del análisis de Garcia es su identificación de lo ordinario en lo extraordinario” (Rubén J. Olivares | Letras en vena)
En el marco del 8 de marzo, fecha en que las calles se llenarán de consignas que exigen justicia, igualdad y una vida libre de violencias, me encuentro leyendo un libro incómodo, pero muy necesario: Vivir con los hombres. Reflexiones sobre el juicio Pelicot, de la filósofa francesa Manon Garcia. No es una lectura complaciente. Tampoco es un argumento simple ni simplista. Es, en primer lugar, una argumentación que gira en torno a una pregunta que resuena para las mujeres: ¿se puede vivir con los hombres?
La pregunta no es retórica ni ociosa. Tampoco es (solo) un reproche o un intento de castigo. Es una pregunta del todo pertinente. La autora presenta este cuestionamiento como resultado de un caso judicial que expuso con crudeza la violencia y la impunidad que atraviesan la vida de las mujeres. Pero Garcia no se queda en la indignación —aunque la indignación ya es legítima por sí sola—, sino que se adentra en un terreno más complejo: cómo seguir habitando un mundo compartido con quienes, estadística y estructuralmente, encarnan el poder que tantas veces nos vulnera desde las violencias más “suaves” hasta las más cruentas.
En un contexto como el mexicano, y particularmente en Morelos, donde las cifras de violencia feminicida y agresiones contra las mujeres siguen siendo alarmantes, la pregunta adquiere un peso particular. No se trata de decidir si “todos los hombres son iguales”, ni de cancelar cualquier posibilidad de convivencia, tampoco de castigar por adelantado. Se trata de reconocer que las relaciones entre hombres y mujeres están atravesadas por una historia de desigualdad que no desaparece con buenas intenciones individuales, ni con leyes, ni con la difusión masiva de discursos de igualdad. Y es que, partiendo de lo más “simple”, ¿cómo aspirar a la intención individual de cambio cuando ni siquiera existe aceptación de la violencia ejercida? Garcia relata cómo, tanto el Sr. Pelicot como los otros 50 enjuiciados [1] expresaron distintos niveles de “desconocimiento” o “falta de conciencia” sobre que estaban violando a una mujer. La ignorancia selectiva, la experiencia del “no sé, no sabía, no me di cuenta” sobre el que se excusan las violencias machistas me resulta familiar. El caso Pelicot puede ser distante geográficamente, pero es cercano tanto por el tipo de violencia, como por sus causas y justificaciones. Tampoco es un caso peculiar ni es un hecho aislado. Refleja no solo la violencia sexual, sino también la normalización de la violencia ejercida en entornos íntimos, familiares, de pareja, de confianza. El caso Pelicot no parece ser la excepción, sino la regla.
No puedo resistirme a la pregunta de Garcia. ¿Se puede vivir con los hombres? Y en caso de que sí (o en caso de que no, pero no queda de otra), ¿en qué condiciones? ¿bajo qué transformaciones? Vivir no es simplemente coexistir. Vivir implica construir vínculos, proyectos comunes, afectos, espacios familiares, laborales y políticos. Implica confianza. Pienso en Gisèle y pienso en el acto de dormir. Cada noche observo a mis perros dormir. Dicen que si duermen panza arriba es porque confían plenamente en ti, tanto que pueden dormir exponiendo su zona más vulnerable. Los humanos no somos distintos a los perros. Dormimos a lado de quien se confía.
Garcia nos recuerda que los violadores no son monstruos. Son, en su mayoría, lo que las feministas nombran “los hijos sanos del patriarcado”. Son hombres socialmente funcionales en general. Son hombres con familia, hijos, trabajo… pero que cuando “se les presenta la ocasión” de violar, violan. Pero al mismo tiempo, desde la lógica de la masculinidad hegemónica, no violan, no violentan. Se sirven del libreto de la masculinidad para minimizar o negar la violencia.También echan mano de toda una red de complicidad y de valores entendidos con otros hombres. Hace poco leí un post de Facebook que decía algo así como “¿neta los hombres no tienen un amigo que les diga que se están pasando de v*r*g* con sus novias?” No sé, supongo que solo ellos lo pueden saber. También solo ellos pueden saber si han sido ese amigo. Pero a juzgar por los hechos, parece que esos amigos no existen o son en extremo escasos.
El 8M no es una celebración; es una interpelación. A las instituciones que no garantizan justicia. A las comunidades que normalizan el acoso. Y también a los hombres que, aun sin ejercer violencia directa, se benefician de estructuras que los colocan en ventaja, guardan silencio y se hacen los tontos frente a todas las otras violencias sutiles que sí ejecutan. La pregunta de Garcia incomoda porque desplaza el foco: no solo cuestiona a los agresores, sino al orden social que los produce y los protege, y a nuestra capacidad de compartir el mundo con ellos.
Quizá vivir con los hombres sea posible si ellos también se preguntan cómo han aprendido a vivir consigo mismos. Si asumen que el problema no es la susceptibilidad femenina, sino una cultura que trivializa el daño. Si entienden que la igualdad no es una concesión, sino una condición mínima de justicia. Me pregunto si es posible porque genuinamente me interesa compartir el mundo con ellos. Me lo pregunto porque aunque estoy consciente que la masculinidad es un asunto estructural, me rehúso a pensar que los hombres carezcan de capacidad crítica para cuestionar las estructuras.
Escribo esto mientras mi Universidad se encuentra convulsa, precisamente, por la violencia, por la desaparición y posterior hallazgo sin vida de una de sus estudiantes. Las pesquisas apuntan a otro joven. Hace menos de un año, otra estudiante fue víctima de feminicidio por su ex pareja. Denuncias por acoso. Las instituciones escolares y estatales rebasadas por muchas razones. La avalancha informativa. Difícil saber qué creer y qué no. Pero no es difícil creer lo que pudo haber pasado; ni queda duda que las jóvenes están en alto riesgo. Tampcoo es que solo los hombres sean el problema. La violencia como estructura constitutiva del ser hombre sí lo es.
¿Se puede vivir con los hombres? Sí, pero no de cualquier manera. No a cualquier costo. No en silencio para que no se incomoden. La convivencia futura dependerá de la transformación presente. Y esa tarea, aunque nos atraviesa a todas, no puede seguir recayendo solo en nosotras. Seguir maternando el cambio es caminar en círculos.
Fuentes:
[1] Le Stradic, S. y Porter, C. (19 de diciembre de 2024). ¿Quiénes son los 51 hombres condenados en el juicio por violación de Gisele Pelicot? The New York Times. Disponible en: https://www.nytimes.com/es/2024/12/19/espanol/mundo/gisele-pelicot-51-culpables-quienes-son.html




