Bajo el volcán: Demasiado al norte
El campeonato mundial de fútbol ha sido marco de interesantes y entretenidas justas deportivas, pero también ocasión para externar discursos de odio, como el de cierta legisladora paraguaya que, a través de las plataformas digitales, lanzó descalificaciones racistas y discriminatorias contra un famoso jugador francés. Este lamentable episodio no es un hecho aislado, sino el síntoma de una patología colectiva que se expande bajo la falsa premisa de que las redes otorgan una impune libertad de expresión, que naturalmente no puede cruzar esos límites. Lo alarmante de estas expresiones no radica únicamente en su talante hiriente, sino en lo que revelan sobre nuestra civilización: una ceguera pertinaz que se niega a reconocer la dignidad intrínseca del otro, trocando el respeto por la violencia verbal.
Resulta desconcertante que, a pesar de siglos de acumulación de conocimiento y dolor histórico, la humanidad parezca incapaz de asimilar la más elemental de sus verdades biológicas y metafísicas: que pertenecemos a una misma y única especie. La fragmentación, la ruptura, es una realidad peligrosa, y al levantar muros basados en el color de la piel, el origen étnico, la geografía, o cualquier otra razón, deponemos la sensatez y olvidamos que el tejido de la vida en sociedad supone la interdependencia. La agresión al prójimo, al otro, es, en última instancia, un acto de flagelación propia, un eco estéril que rebota en el vacío de una plaza pública (virtual o física) que privilegia el estruendo del linchamiento por encima de la concordia.
No sólo las acciones, sino también las palabras proferidas, manifestadas exteriormente tienen consecuencias, a veces insignificantes, otras, graves. Quien recurre al discurso del odio no sólo lesiona la dignidad de su víctima —aunque permanezca esencialmente intacta en su valor—, sino que degrada su propia dimensión moral. Es una trampa silenciosa donde el detractor se convierte en esclavo de sus fobias, instalándose en un territorio estéril que atrofia la empatía. Si no nos concedemos el derecho a mirar al otro con la empatía que exige la convivencia, condenamos la existencia a una parodia superficial y hostil, desprovista de todo significado auténtico.
No debemos destinar espacios ni tiempos al sostenimiento de odios irracionales. Sólo a través de ser consciente de la unicidad de la especie, el ser humano comprende que la supervivencia depende de la solidaridad. Al cesar el murmullo de la discordia, encontramos en el reconocimiento del hermano el único y auténtico camino para transitar con dignidad esta fugaz vida, sobre todo si tenemos en mente las sabias palabras de Borges: “No odies a tu enemigo. Tu odio nunca será mejor que tu paz”.




