Bajo el volcán: Demasiado al norte
Nuestros tiempos nos han acostumbrado a pensar que la búsqueda de sentido, la finalidad de la vida, debe orientarse hacia lo tangible: en efecto, la acumulación material y el éxito económico son presentadas hoy como las máximas aspiraciones humanas. Sin embargo, esta apuesta se ha convertido en una carrera sin término, en un desafío infinito por alcanzar un éxito que no se traduce en una vida feliz. Colocados en esta perspectiva, es decir, si la evidencia demuestra que la felicidad no se compra con dinero ni se alcanza con los parámetros del rendimiento, resulta pertinente una pregunta fundamental: ¿cómo se obtiene entonces?
La Modernidad nos acostumbró a ver la felicidad como un producto que se adquiere tras alcanzar metas externas: un puesto de trabajo, una posición social, un sueldo, una imagen corporal perfecta… Esta lógica mercantilista reduce la vida a variables optimizables, pero genera un vacío existencial, pues la ambición es, por definición, insaciable. Para encontrar la solución, es necesario romper con este esquema y recuperar la noción de eudaimonía del pensamiento clásico: según Aristóteles, uno de los máximos representantes de esta filosofía, la felicidad no es una posesión ni un estado de placer, sino una actividad del alma conforme a la excelencia.
Que la felicidad no se compre según el pensamiento clásico, significa que se obtiene mediante el cultivo de la virtud, mediante el ejercicio de la sabiduría asociada al obrar práctico. Mientras el modelo moderno busca la satisfacción en el "tener", la filosofía perenne propone que la plenitud se encuentra en el "ser" y en el "hacer" según un plan de vida. Concretamente, se obtiene a través del equilibrio o justo medio, esto es, frente a la desmesura del consumo y la ambición sin límites, la felicidad surge de la capacidad de regular los deseos mediante la razón.
Como puede advertirse, se trata de encontrar la manera de realizar -de actualizar- la esencia misma del ser humano; la felicidad según la propuesta aristotélica no es cumplir con un estándar externo de éxito, sino actualizar las potencias humanas y vivir de acuerdo con nuestra naturaleza racional y social.
En otras palabras, la felicidad se obtiene al dejar de tratar la propia vida como un objeto de consumo o una marca personal exhibida en las redes sociales. No es una meta que se encuentre tras haber acumulado una cantidad más o menos importante de bienes, sino un camino que se transita en el ejercicio de una vida justa y reflexiva. Al abandonar la tiranía del rendimiento por la práctica de la virtud, el ser humano deja de ser un ente de consumo y acumulación para ser justamente restituido en su dignidad como arquitecto de su propia plenitud.