Bajo el volcán: Demasiado al norte
Es bien sabido que la reina de Egipto logró conquistar el corazón de dos hombres de la más alta escena política romana, y en uno de los casos, sólo la muerte de ambos puso fin a la historia de amor, como si se tratara de otros Romeo y Julieta.
Cleopatra es el ejemplo perfecto de una vida convertida en mito. Identificada a sí misma con Isis y Afrodita, al salir al encuentro de Antonio en el río Berdan en la actual Turquía, se presentó caracterizada como la diosa Venus, rodeada de niños vestidos de Cupido, según narra la crónica de Plutarco retomada siglos más tarde por Shakespeare en su famosa tragedia.
La reina egipcia era una mujer poco convencional para los estándares romanos: jugaba a los dados, bebía, gustaba de cazar animales salvajes e incluso de participar en las empresas militares, actividades irreconciliables con la modestia esperada de una materfamilias; un monstruo para Horacio; a juicio de Lucano una Furia, que ya había conquistado otro corazón itálico, el de Julio César, a quien pareció aterradoramente glamorosa e inquietante, según los testimonios antiguos.
En esta imagen, Cleopatra es una victimaria, una mujer que causa la ruina de los hombres que cometen el simple error de cruzar por su camino, típicamente el caso de Marco Antonio.
La propaganda romana acusó a Cleopatra no sólo de haber hechizado con sus malas artes y encantos al triunviro, sino también de haber afeminado sus costumbres, de haberlo desarmado -como se dice en los textos, de haberse apropiado de su espada y haberlo vestido con ropas de mujer, en un claro simbolismo a la privación de su virilidad.
Pero la historia también ha conservado otra imagen de Cleopatra, culta y refinada que aprendió a hablar la lengua vernácula para comunicarse con sus súbditos, siendo el griego la de su dinastía; una monarca que hubo de defender su corona ante sus propios hermanos; una heroína defensora de su pueblo, cuyos amores no verdaderamente correspondidos, la condujeron a una trágica muerte, por lo que su recuerdo despierta empatía y compasión.
La soberana opta por el suicidio al presagiar la conversión de su reino en una provincia más de Roma, y bajo este cariz, su amor por Antonio la transforma en víctima. Acorralada por sus enemigos y extenuada por la vehemencia de sus sentimientos, no ve otra salida que dejarse morder por una serpiente venenosa para abandonar este mundo sembrado de sufrimiento.
Piedra de sacrificio y presa, dardo y corazón al mismo tiempo, la historia de Cleopatra entrelazada a la de Antonio advierte a los enamorados que entre las flores hay áspides, y pese a que hoy canten favores, pronto, muy pronto, llorarán.