Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
"Nadie sabe lo que puede un cuerpo" es una frase que se le atribuye al filósofo neerlandés de origen sefardí, Baruch Spinoza, misma que, más tarde, el filósofo francés Gilles Deleuze retomaría para elaborar una de las preguntas más sugerentes de la filosofía contemporánea: ¿Qué puede un cuerpo?
Y es que, con frecuencia discutimos los problemas sociales como si las personas fueran categorías abstractas y homogéneas: jóvenes, mujeres, personas adultas mayores, personas con discapacidad, estudiantes, etcétera. Las estadísticas que nos muestran la generalidad son valiosas, pero también tienen un efecto secundario: pueden reducir la experiencia humana a números, diagnósticos o etiquetas. La pregunta de Spinoza y Deleuze propone que en lugar de preguntarnos qué es una persona, preguntemos qué puede hacer, qué capacidades puede desarrollar y qué condiciones necesita para desarrollarlas. La diferencia no es asunto menor. Una sociedad que se organiza alrededor de las limitaciones tiende a administrar carencias. Una sociedad que se organiza alrededor de las capacidades buscará crear posibilidades.
Al respecto, los debates sobre seguridad, movilidad, acceso al espacio público, inclusión educativa, participación o atención a personas con discapacidad suelen centrarse en “lo que falta”. Y, por supuesto, las carencias existen. Sin embargo, se presta menos atención a cuánto potencial permanece bloqueado por (malas)decisiones urbanas, institucionales o culturales.
¿Qué puede hacer una estudiante si el transporte público no le permite desplazarse con seguridad? ¿Qué puede hacer una persona con discapacidad cuando la infraestructura urbana no le permite transitar? ¿Qué puede hacer un joven cuando los espacios culturales y deportivos son insuficientes? En todos estos casos, la pregunta no es solamente individual. La potencia de un cuerpo –y del cuerpo social también– depende, entre otras cosas, de las condiciones colectivas que lo rodean.
La filósofa Judith Butler retomó esta idea para señalar que los cuerpos nunca existen aislados. Todos(as) dependemos de redes de apoyo, de infraestructuras y de instituciones. La autonomía no es lo contrario de la dependencia; más bien, es posible gracias que somos dependientes. Una ciudad que permite a sus habitantes moverse, encontrarse y participar amplía las capacidades de sus cuerpos. Una ciudad que excluye o abandona las restringe.
Es por ello que la pregunta "¿qué puede un cuerpo?" tiene una dimensión política poderosa. Obliga a evaluar las consecuencias materiales de las decisiones públicas. Reconocer derechos en el papel nunca es suficiente. La cuestión es si las personas pueden ejercerlos efectivamente. La cuestión es si sus cuerpos pueden ser ampliamente. En ese sentido, un desafío para la administración pública no consiste únicamente en gestionar problemas, sino en construir las condiciones para que más personas puedan desarrollar plenamente sus capacidades. Y es que una comunidad democrática se mide también por aquello que permite hacer a los cuerpos que la habitan.




