SOLTAR AL TIGRE

 

@vsamuelpalma

 

 

La visita de los candidatos a la Presidencia de la República, el pasado 8 y 9 de marzo en Acapulco, a la convención de la Asociación de Bancos de México, tuvo especial significación, tanto por la presencia de los aspirantes, como destacadamente por sus propuestas y posiciones.

 

A pesar que el sistema electoral está montado sobre una pretensión de impulso a la visión programática y de plataformas de partidos y candidatos, lo que sustenta en buena medida sus prerrogativas, financiamiento público y acceso a los tiempos oficiales en medios de comunicación, la realidad ha marcado un sendero distinto que parece expresar el desencanto de la sociedad hacia la política formal.

 

No obstante, siempre será relevante analizar a los candidatos por sus propuestas; más aún si se considera el carácter multifactorial de la mayoría de los problemas del país y la necesidad de un enfoque estratégico y documentado para superarlos. Quien encabeza hasta ahora las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, se mostró, con gran desparpajo, con una tesis llana, sin mayor elaboración y desarrollo que es la de erradicar la corrupción, a partir de entender que éste es un fenómeno que se dá de arriba hacia abajo. De nueva cuenta y de forma parecida a lo que sucedió con Vicente Fox, se sostiene una postura voluntarista que consiste en que la existencia de la corrupción se debe a que se impulsa desde las principales esferas gubernamentales, de modo que si se cancela esa vía, ésta se resuelve. Como se verá es una concepción efectista electoralmente pero poco sostenible. Habrá que ver qué pasó con la corrupción en el entonces gobierno del Distrito Federal en la administración de López Obrador, o lo que sucedió en la administración de Fox.

 

Qué duda cabe que el ejemplo es relevante, pero qué cierto es también que no basta con ello. La corrupción tiene un carácter sistémico que debe ser atacado en diversos frentes, en el ámbito gubernamental, empresarial, sindical, en la mediación social y, en el plano ético, en todos esos segmentos.

 

Pero lo que más llamó la atención de lo dicho por López Obrador fue su respuesta a una pregunta planteada por Leonardo Curzio, en el sentido que cuál sería su postura en el caso de perder. Entonces el abanderado de Morena señaló que si perdía se iría a Petén, pero que soltaría al tigre, que ya no lo contendría como en otras ocasiones. ¿Qué quiere decir eso? Supone entonces que se asume como candidato y árbitro de las elecciones para calificar su legalidad y legitimidad; propone una posición en donde de ganar él todo estará bien, pero en caso contrario se descalifica el proceso electoral con la amenaza de la ingobernabilidad (el tigre suelto).

 

La advertencia de López Obrador es pasmosa, él se reivindica desde ahora como ganador de las elecciones, y ya anticipa su posición en caso de ser derrotado. Ni duda cabe que Andrés Manuel López Obrador tiene en este momento la preferencia electoral, de acuerdo a la mayoría de las encuestas; pero tampoco existe duda sobre la distancia que existe todavía para el día de las votaciones, tiempo suficiente para que se presentara un nuevo acomodo en las opciones para elegir Presidente de la República. Pretender que hoy la elección está resuelta es una posición autoritaria, dogmática, mesiánica, demagógica y tremendamente irresponsable.

 

Si para resolver las elecciones se tendría que tener un cálculo sobre qué tigre se suelta en caso de un eventual resultado, volveríamos a la etapa postrevolucionaria donde las elecciones se resolvían con la participación de ejércitos privados y, en el extremo, con el ejército nacional…, claro entonces no había un organismo federal autónomo para organizar los comicios, ni contábamos con tribunales electorales ¿En qué etapa vivimos?

 

Hoy el demócrata sin duda debe contar con una clara convicción democrática, pero ésta no puede estar construida a partir de la mera percepción personal, sino necesariamente sujeta a la regulación y tránsito institucional que opera y norma la vida democrática. En caso contrario el demócrata lo es en apariencia, pues en el fondo existe un autócrata.