Apuntes más que humanos: Escuelas victorianas en la era de la IA
Hace unas semanas me sorprendí pensando en todo lo que podía desconocer de alguien a quien creía conocer muy bien. No hablo de los secretos que cualquiera conserva ni de esas zonas de la vida que simplemente no compartimos con los demás, sino de descubrir una forma de actuar que no encontraba lugar en la idea que yo tenía de esa persona. La decepción estuvo ahí, por supuesto, pero pronto me resultó más inquietante otra cosa: comprobar cuánto había dado por sentado que conocer a alguien significaba poder anticipar, al menos en cierta medida, quién era.
Durante unos días me quedé atrapada en una pregunta bastante predecible en estas situaciones: ¿cómo pude estar tan equivocada? Repasé conversaciones, gestos y momentos que hasta entonces había leído de otra manera, buscando esa clase de señal retrospectiva que tranquiliza porque permite pensar que todo estuvo siempre frente a nuestros ojos y simplemente no supimos verlo. Quería encontrar alguna continuidad, una pieza que acomodara lo ocurrido dentro de la historia que yo conocía.
Después empecé a sospechar que quizá no había estado equivocada, o al menos no de la manera en que inicialmente pensaba. Conocer a alguien nunca ha significado poseer una versión completa y coherente de esa persona. Yo conocía algo de ella, probablemente mucho, y eso que conocí tampoco se vuelve falso a la luz de lo ocurrido. Lo difícil es aceptar que durante todo ese tiempo conviví también con zonas a las que nunca tuve acceso y que una persona puede contener, al mismo tiempo, aquello que amamos de ella y aquello que algún día será capaz de decepcionarnos.
Alexandra Kohan escribe que “contra lo esperable de nosotros mismos, el inconsciente viene a mostrar que no somos transparentes tampoco para nosotros mismos”. Hay cosas que los demás pueden ocultarnos deliberadamente, pero hay otras para las que ni siquiera una misma tiene una explicación completa. A veces hacemos algo y solo después intentamos entender de dónde salió, qué deseo estaba jugando ahí o qué parte de nosotras encontró una manera de hacerse presente. Eso no elimina la responsabilidad por lo que hacemos, pero vuelve bastante más difícil sostener la fantasía de que somos una identidad coherente, perfectamente conocida por nosotras mismas.
Kohan escribe también que “nunca nos terminamos de conocer, ni de conocer al otro. No hay transparencia posible”. Durante mucho tiempo pensé que conocer bien a alguien consistía en ir acumulando información hasta reducir progresivamente el margen de incertidumbre: aprender sus gestos, reconocer sus silencios, anticipar ciertas respuestas, saber qué cosas podía hacer y cuáles sencillamente no cabían en esa persona. La decepción de estas semanas tuvo mucho que ver con descubrir que había confundido esa familiaridad con otra cosa. Yo conocía a esa persona, sí, pero también tuve que aceptar que conocer a alguien no acaba con su condición de desconocido, su condición de otro.
Aceptar esa alteridad supone también reconocer un límite: si ni siquiera terminamos de conocernos a nosotras mismas, difícilmente podríamos aspirar a conocer por completo a otra persona. El otro no es la suma de lo que nos ha contado, de lo que hemos vivido a su lado ni de las explicaciones que hemos construido para entenderlo. Por mucho que pretendamos conocer a alguien, siempre habrá una parte de su experiencia a la que no tendremos acceso, decisiones que no podremos anticipar y formas de actuar que quizá contradicen todo lo que “sabemos”.
Octavio Paz lo pregunta en Piedra de sol:
“¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuando somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío
Quizá valdría la pena asomarnos de vez en cuando a ese vértigo y a ese vacío. No con la esperanza de encontrar al fondo una versión definitiva de quienes somos, sino para reconocer todo lo que todavía desconocemos. De una misma y de los otros. Conocerse podría tener menos que ver con despejar esas zonas inciertas que con aceptar su existencia, incluso con permitirse desconocer, sorprenderse ante una misma y admitir que el otro conservará siempre una parte inaccesible para nosotros. Reconocer al otro como otro implica, después de todo, renunciar a la fantasía de conocerlo.
*Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo