Bajo el volcán: Demasiado al norte
Esta semana Messi publicó en redes una carta de despedida a su padre. Es conmovedora de principio a fin, pero hay un párrafo que se quedó conmigo, que no me ha soltado desde que lo leí: "No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más".
Hay algo desolador en ese "no sé". Dos palabras chiquitas que, frente a la muerte, se abren como un abanico y rebotan hacia todos lados. No sé qué hacer. No sé cómo seguir. No sé si quiero seguir haciendo aquello que siempre supe hacer. Como si la muerte, al entrar, no tocara solo el lugar del dolor, sino que caminara por toda la casa apagando, una por una, las certezas con las que habíamos vivido la vida.
Pensé entonces en Jean Allouch, en Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, un libro al que vuelvo cada vez que me acerco a pensar la pérdida. Allouch recupera una fábula muy simple y muy cruel que ilustra a quien está de duelo corriendo detrás de quien murió con los brazos tendidos hacia adelante, tratando de alcanzar dos cosas a la vez: al muerto, y "un trozo de sí" que el muerto se lleva consigo. Corre sabiendo, además, que no va a alcanzar ninguna de las dos. La escena termina en un grito: "¡al ladrón!". No porque el muerto haya querido robarnos. Sino porque se fue, y con él se va también algo nuestro. Algo que quizá ni siquiera sabíamos nombrar hasta que no está más.
Por eso me dolió que Messi hablara del fútbol. Que la ausencia de su padre alcanzara justo ese lugar que parecía tan suyo, tan propio, tan a salvo de cualquier duda. El fútbol, a mis ojos, ha sido para él oficio, deseo y la lengua que habló desde niño. Y sin embargo, días después de la muerte de su papá, hasta esa certeza se tambalea, se vuelve pregunta.
No sabemos qué se llevó Jorge Messi consigo. Quizá perder a alguien sea, exactamente, eso. Descubrir -tarde, a oscuras, a golpes- qué partes de nosotros llevamos sostenidas por su sola presencia. Qué deseos, qué certezas, qué maneras de pararnos en el mundo estaban enlazadas a una mirada que dábamos por sentada, sin saber del todo que ahí, en ese enlace silencioso, estaba también nuestro equilibrio.
Massimo Recalcati ayuda a pensar la paternidad justo desde ese lugar. Para él, ser padre no se agota en el vínculo sanguíneo. Hay algo que se funda en el reconocimiento, en un gesto que cabe en una frase pequeñísima: "tú eres mi hijo". Decirlo no es solo nombrar un parentesco. Es apartar a alguien de la multitud. Es decirle: “entre todos los que pudieron llegar, llegaste tú, y tu llegada no me fue indiferente”. Me gusta pensar que de eso consiste una de las tareas más profundas de un padre, de hacernos sentir que no somos una copia, que no somos una más entre tantas. Que hubo una mirada, la primera, que nos volvió irrepetibles.
En la vida de Messi, como sospecho que en la de tantos de nosotrxs, padre y fútbol crecieron enredados desde muy temprano. Su padre lo acompañó desde niño y estuvo, durante décadas, detrás de buena parte de su carrera en los viajes, las decisiones, los contratos, etc. Acompañó, en el fondo, el camino que hizo que millones de ojos en el mundo se posaran sobre su hijo. Y por eso me conmueve pensar que, entre todas esas miradas, hubiera una que pesara más que las demás. Pienso en Maradona, alguna vez, diciendo: "Yo solo juego para vos, mamá". Porque hasta los ídolos, aun rodeados de multitudes que los aman, siguen llevando dentro a ese niño que solo quiere ser visto por quien lo miró primero.
Tal vez por eso esta carta terminó llevándome, sin pedir permiso, hacia mi propio padre y hacia mi propia relación con el fútbol. Hace tiempo que quería escribir algo íntimo sobre las dos cosas y no encontraba por dónde entrar. A veces a lo propio se llega dando un rodeo, hablando primero de la vida de alguien más. No porque hayamos vivido lo mismo, sino porque hay historias que, sin querer, tocan una fibra que ya está ahí, esperando. Y yo, mientras leía esa carta, no pude dejar de pensar en mi papá.




