Bajo el volcán: Demasiado al norte
Hace unas semanas una amiga me contaba de su última ruptura mientras estábamos las dos frente a un café que se había enfriado sin que nos diéramos cuenta. No hablaba tanto del dolor -eso, decía, ya lo estaba dejando atrás- sino de otra cosa, más terca, que seguía sin resolverse: no entender. No entender el silencio del otro, la manera en que un día simplemente dejó de estar, sin una frase que le permitiera acomodar lo sucedido. “Lo que más me pesa no es que se haya ido”, me dijo. “Es no saber por qué se fue así, sin explicación”. Llevaba semanas dándole vueltas a ese silencio, como quien intenta comprender un idioma que nunca aprendió.
Recordé entonces un libro muy lindo que leí a principios de año: El silencio de las cosas, de Verónica Sukaczer, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Sukaczer escribe sobre su hipoacusia, una disminución gradual de la capacidad auditiva, y sobre aprender a vivir en un mundo hecho de sonidos que para ella fueron, poco a poco, apagándose. Durante años aprendió a completar lo que no alcanzaba a escuchar, a leer un gesto antes que una palabra, a asentir en el momento justo. Su familia, mientras tanto, evitaba nombrar lo que ocurría convencida de que callarlo era una forma de protegerla. En el libro el silencio nunca es una sola cosa. Puede esconder, proteger, imponerse o aprenderse.
Algo de esa lectura volvió mientras escuchaba a mi amiga. Los silencios eran muy distintos, pero me hicieron pensar en lo poco que toleramos no saber qué hay detrás de uno. Apenas aparece, sentimos la urgencia de llenarlo.
Basta un emoji suelto para que hagamos una captura de pantalla y se la mandemos a una amiga: “¿tú qué crees que quiso decir?”. Alguien nos deja en visto y volvemos al chat, miramos la hora de la última conexión, releemos el mensaje anterior buscando algo que se nos haya escapado. En unos minutos ya tenemos varias historias posibles: se enojó, ya no le importamos, dijimos algo mal, está con alguien más. Cualquier detalle puede convertirse en una pista porque tiene que haber una razón y, sobre todo, necesitamos encontrarla. A veces preferimos una explicación que nos lastime a quedarnos un rato frente a ese espacio en blanco, sin saber.
Fito Páez canta en Al lado del camino:
Vivir atormentado de sentido
Creo que esta sí es la parte más pesada
Me parece una manera muy precisa de señalar esa urgencia. Queremos que las cosas “tengan sentido” y, cuando no lo hacen, nos cuesta dejarlas en paz. Una demora se vuelve un mensaje, una ausencia esconde una explicación, un silencio tiene que contener algo que todavía no hemos podido descifrar.
Cuando el otro no nos da palabras, ponemos las nuestras. Rellenamos el espacio con recuerdos, miedos, hipótesis y conversaciones imaginarias. A veces llegamos a construir explicaciones enteras con dos mensajes, una hora de conexión y una palabra que nos pareció ligeramente distinta a como suele escribirla alguien. Al final creemos haber entendido al otro, cuando buena parte de lo que hicimos fue escucharnos a nosotras mismas.
Claro que hay silencios que dicen mucho. Hay silencios crueles, otros que castigan y algunos que nacen porque todavía no existen palabras para lo que está ocurriendo. Hay cosas que merecen una explicación y personas que deberían darlas. Pero incluso entonces puede quedar algo que se escapa. Una parte del otro a la que no tenemos acceso, por mucho que revisemos conversaciones o reconstruyamos los últimos días buscando el momento exacto en que todo cambió.
Roberto Juarroz escribió:
Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.
Me gusta pensar que ese alfabeto no necesariamente sirve para traducir. Que leer un silencio puede ser también permanecer frente a él sin convertirlo inmediatamente en una respuesta. Volver sobre algo, mirarlo desde otro lugar y admitir, incluso después de mucho tiempo, que seguimos sin saber.
No es fácil. Entender promete orden, sobre todo cuando algo nos duele. Si sé por qué alguien hizo lo que hizo, puedo acomodarlo en una historia. Puedo encontrar un principio, un momento en que las cosas empezaron a romperse y, con un poco de suerte, un final. Por eso volvemos a las conversaciones, preguntamos a nuestras amigas qué creen que quiso decir, repasamos una escena hasta desgastarla. Buscamos esa pieza que, puesta en el lugar correcto, hará que todo lo demás por fin tenga sentido. A veces existe. Otras veces no.
Sukaczer aprendió a completar, mirando los gestos de los demás, las palabras que no alcanzaba a oír. Esa imagen se me quedó desde que leí el libro y ahora pienso que completar es también una de las formas que tenemos de relacionarnos con lo que no sabemos. Frente a un silencio rara vez nos quedamos quietas. Ponemos algo ahí que nos permita soportarlo: una palabra, una causa, una explicación, cualquier cosa capaz de ordenar por un momento la incertidumbre.
Pienso otra vez en mi amiga frente al café frío. Entiendo por qué quería saber. Yo también he querido. He repasado conversaciones, releído cartas, reconstruido los últimos días y buscado en cada palabra la pista que me falta. Querer entender es una manera bastante humana de intentar volver soportable lo que nos pasa y nos duele -pocas veces le damos tantas vueltas a lo que nos maravilla-. Lo difícil es aceptar aquello que hace posible cualquier relación: el otro es otro. Le amamos precisamente porque lo es, aunque eso signifique que, por mucho que le hayamos amado, conocido o creído conocer, siempre habrá una parte de sí que permanecerá fuera de nuestro alcance. A veces, cuando se va, se lleva también la explicación que creemos merecer. Podemos sentir que nos la debe, y quizá sea cierto, pero es suya.
Algunas explicaciones llegan tarde y son mucho más simples que todas las que inventamos mientras esperábamos. Otras llegan y no traen consigo el alivio prometido. Saber por qué alguien hizo algo no deshace el acto, ni vuelve necesariamente más fácil vivir con sus consecuencias. Y hay respuestas que no llegan nunca. Podemos pasar años esperándolas, dejando un lugar abierto para esas palabras que imaginamos capaces de poner todo en orden.
Quizá ahí esté la parte más pesada de ese “vivir atormentado de sentido” del que canta Fito. Nos cuesta aceptar que una historia pueda quedarse así, con una pregunta abierta, sin la explicación que la complete. Seguimos buscando porque el silencio se parece mucho a un vacío y queremos poner algo en su lugar, pero también se puede vivir sin llenarlo. No porque deje de doler o porque ya no importe saber, sino porque llega un momento en que una se da cuenta de que el silencio forma parte de lo vivido, con la misma realidad que tuvieron las palabras.
Juarroz dice que no nos enseñaron a deletrear el alfabeto del silencio. A lo mejor tampoco hace falta aprenderlo. Hay palabras que no vamos a encontrar, explicaciones que nadie nos dará y partes de los otros que permanecerán fuera de nuestro alcance.
A veces queda el silencio y habrá que vivir también con él.
*Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo




