Más allá del escándalo
¿Hay que demostrar que somos iguales para tener los mismos derechos? En lo que respecta a los Derechos Humanos se sabe que no, aunque la realidad es otra. Durante siglos y aun en la actualidad, se siguen comparando capacidades, esfuerzos y resultados como si de ellos dependiera cuánto vale una vida. Frente a esa lógica, en la segunda mitad del siglo XX el filósofo Peter Singer sostuvo que la igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho. Este planteamiento permite defender la igualdad sin negar las diferencias.
Porque es totalmente cierto. Las personas tenemos habilidades, necesidades y trayectorias distintas. Algunas personas requieren más ayuda; otras disponen de recursos para vivir de forma autónoma. Si la igualdad dependiera de ser igualmente inteligentes, fuertes o productivos(as), cualquier diferencia justificaría crear (e imponer) una jerarquía. Frente a ello, Singer es claro: ninguna ventaja individual concede, por sí misma, mayor importancia moral a los propios intereses.
Esto cuestiona que el éxito sea condición para el merecimiento. Quien obtiene mejores resultados puede haber trabajado mucho, pero también haber contado con tiempo, seguridad y personas que sostuvieron su vida cotidiana. Convertir los resultados en una medida del valor o esfuerzo personal permite infravalora a quienes enfrentan condiciones adversas. Con base en ello, la igualdad moral impide afirmar que quien produce menos tiene menos valor y merece menos atención.
La igualdad moral implica atender las diferencias. Aplicar el mismo examen sin ajustes a una persona con discapacidad visual puede parecer imparcial, pero definitivamente la excluye. Distribuir idénticos apoyos entre quienes tienen necesidades desiguales puede perpetuar desventajas. Por ello, la pregunta es qué requiere cada persona para que sus necesidades sean vistas y tomadas en serio.
Singer lleva su argumento hacia los animales: si pueden sufrir, su sufrimiento merece importancia. Esto no supone que sus necesidades sean idénticas a las humanas, ni que tengamos que “humanizarlos” para mirar sus necesidades. Exige justificar por qué un interés humano debería ser más importante cuando está en juego el dolor de otro ser. Podemos debatir las consecuencias o condiciones de esa propuesta, pero resulta difícil ignorar el desafío: la conveniencia -humana- propia no basta como razón moral.
La igualdad, entonces, es una exigencia que permite también juzgar nuestro enfoque centrado en lo humano. Defender la igualdad conlleva reconocer que las diferencias existen, pero también, que ninguna autoriza, por sí sola, la indiferencia ante las necesidades ajenas, ante las necesidades no humanas.
Fuentes:
Singer, P. (1999). Liberación animal (pp. 5-38). Madrid: Editorial Trotta.




