Bajo el volcán: Demasiado al norte
Los cuestionamientos sobre el derecho al voto
Hemos escuchado muchas veces a lo largo de nuestra vida, sobre que hubo una época en la que las mujeres no podían votar (o, más bien, llevamos muy pocos años donde la voz de las mujeres cuenta, comparada con los siglos que le precedieron sin voz). Está de más entrar en el relato de todas las batallas que sucedieron para que hoy, todas las mujeres de este país tuviéramos voz y voto, en esta ocasión me gustaría platicarles sobre la construcción de la ciudadanía y el interés por participar activamente en la política.
Aunque hoy en día podemos dar por sentada nuestra posibilidad de voto, esta no es una acción natural del ser humano, sino que es una que se va construyendo como parte de nuestra formación como ciudadanos. Desde pequeños, vemos a nuestros padres participar en actividades políticas que pueden ir desde una charla sobre alguna situación que acontezca en nuestra ciudad, hasta que nos lleven a algún evento público. Sumado a esto, en la escuela llevamos materias que de manera directa buscan educarnos en estos aspectos, en mis tiempos la materia se llamaba tal cual “Civismo”. Y pues, eso: se trataba de nuestro papel como ciudadanos.
Es decir, durante toda nuestra infancia y adolescencia, muchas de las actividades que realizamos están vinculadas con nuestra (futura) participación como ciudadanos. Aquí el detalle es: ¿cómo es que estas acciones impactarán en nuestro interés por participar activamente en la política de nuestra ciudad y país? Puede ser: participar en campañas de reciclaje, escuchar charlas en casa sobre temas políticos, participar en proyectos dentro de la colonia donde vivimos. Cada una de estas actividades irá dejando rastros en nuestra vida sobre el impacto que ha tenido en nosotros el ser un ciudadano activo, es decir, uno que se involucre y participe en las decisiones que importan a su colonia, ciudad y país.
Ahora, imagínate que todo eso que aprendiste durante los primeros 18 años de tu vida sobre la importancia de alzar la voz, de actuar en colectivo, de conocer la realidad de tu ciudad para tomar decisiones que en verdad beneficien a todos, en realidad no sirva de nada. Sí, sí. Que al momento de cumplir 18 años te digan: bueno, a partir de ahora, tu participación política se dividirá entre los habitantes de tu casa. Si deciden participar en una actividad en la colonia, solamente uno de ustedes podrá representar a todos los habitantes del hogar; y lo mismo sucederá cuando sean elecciones: un voto por familia.
Aunque parece sacado de un libro de ciencia ficción, en los últimos meses han emergido sugerencias sobre este tipo de posibilidades. Algunas de estas opciones mencionan que sería mejor si las mujeres perdieran su derecho al voto y dejaran toda la responsabilidad en sus maridos (claro, porque todos practicamos la monogamia heteroparental); otra opción que ha tomado fuerza es la de sugerir un voto por hogar, pues consideran que eso facilitaría la toma de decisiones. ¿Ustedes lo ven posible?
En fin, esta discusión requiere de más espacio que el que tengo en esta columna. Pero lo que me interesa dejar hoy en ustedes es la pregunta sobre si todo lo que aprendemos en nuestra infancia, esta necesidad de darles a los niños autonomía, voz y un pensamiento crítico es compatible con estas ideas tan polarizadas que se están apoderando de ciertas burbujas de la población. Mi deseo para todos los lectores es que no pierdan su voz y siempre puedan alzar tu mano y decir “disculpa, pero yo tengo otra opinión”.