Tiempos Modernos: El tiempo me dio la razón
Es común escuchar que guardarse el enojo o la tristeza hace daño, que nos enferma, que necesitamos expresar lo que nos duele. Pero, ¿qué ocurre con el amor que nos guardamos? ¿Con la ternura que reprimimos, con el cariño que no demostramos o que no nos permitimos recibir?
La psicología ha documentado que la represión repetida de las emociones puede afectar nuestra salud y nuestras relaciones. Asi mismo, se sabe que los vínculos afectivos satisfactorios y estables son importantes para la salud. Esto no significa que exista evidencia de que el amor no expresado produzca alguna enfermedad. Sin embargo, tiene sentido preguntarnos qué perdemos cuando aprendemos a contener no solo lo que nos lastima, sino también lo que podría acercarnos a otras personas.
La represión afectiva no siempre es una decisión individual. Es, en buena medida, el resultado de lo que social y culturalmente hemos aprendido sobre cómo debemos relacionarnos. En sociedades que exaltan la autosuficiencia, homologan vulnerabilidad con debilidad, y ven con buenos ojos el no necesitar a nadie, demostrar amor no es realmente valorado. Convivimos con más mensajes dirigidos a enseñarnos a protegernos del rechazo, a no demostrar demasiado interés, a desconfiar de quien ofrece cariño y, sobre todo, a evitar mostrar cuánto nos importa alguien.
Estas exigencias se distribuyen de forma desigual en función del género. A la mayoría de los hombres, por ejemplo, se les permite expresar enojo con mayor facilidad que ternura. A muchas mujeres se les educa para entregar amor y cuidados, pero no necesariamente para reconocer sus propias necesidades o exigir reciprocidad.
Y no solo se trata de lo que expresamos o no, sino también de cómo aprendemos a resistirnos al afecto que recibimos. A veces nos incomoda que alguien nos cuide, nos reconozca o nos diga que nos quiere. Nos cuesta aceptar ayuda, recibir ternura o admitir que necesitamos de alguien más. Como si amar y dejarnos amar nos volviera peligrosamente dependientes. Desde la ética del cuidado esa supuesta “dependencia” es más bien interdependencia, entendiéndola no como un defecto, sino como una característica constitutiva del hecho de ser humanos. Necesitamos de otras personas (y especies) para vivir y desarrollarnos; por sí mismo, eso no tiene nada de malo.
El amor también es importante porque no es solamente un sentimiento individual; es una práctica social. Existe amor en el reconocimiento, la escucha, la presencia, el cuidado y la reciprocidad. Cuando no encuentra formas de expresarse, algunas de esas prácticas simplemente dejan de ocurrir.
Tal vez guardarse el amor no nos enferme como lo hace el enojo, pero empobrece nuestra experiencia y relaciones.




