Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
Los movimientos sociales no solo se enfrentan a las instituciones que buscan transformar; también se enfrentan al tiempo. Y el tiempo, cuando avanza sin estrategia, se convierte en un adversario implacable. El movimiento estudiantil de la UAEM —nacido tras la desaparición y feminicidio de Kimberly Joselín en Cuernavaca y replicado días después con el caso de Karol en Mazatepec— está entrando en esa fase crítica donde la energía inicial comienza a dispersarse y las presiones externas se vuelven determinantes.
Hoy, el mayor riesgo no es la represión ni la indiferencia institucional. El mayor riesgo es convertirse en paisaje.
Después de semanas de movilización, toma de instalaciones y articulación estudiantil, comienzan a aparecer divisiones internas. No son nuevas: estaban latentes desde el inicio, pero ahora se vuelven visibles. Hay quienes quieren sostener la protesta indefinidamente, quienes exigen pasar a la negociación, quienes desconfían de cualquier acercamiento institucional y quienes temen que el movimiento se desgaste sin lograr nada.
Estas diferencias no son un problema en sí mismas; lo problemático es que el tiempo para procesarlas ya no existe. La ventana política se está cerrando.
A partir del martes 17 de marzo de 2026, varias unidades académicas —especialmente las que no están en el Campus Chamilpa— retomarán clases, ya sea de manera presencial o virtual. Incluso dentro del propio campus, facultades como el ICE han decidido reactivar actividades.
Este retorno no es negociable. No es simbólico. No es prorrogable.
La exigencia de regresar a clases es una fuerza institucional que, si no se atiende con inteligencia política, puede desfondar al movimiento en cuestión de días. La vida académica tiene una inercia poderosa: una vez que se reactiva, arrastra todo a su paso. Y si el movimiento no se adapta a esa nueva realidad, corre el riesgo de quedar reducido a un gesto testimonial.
Mientras el movimiento debate su rumbo, el Plan Integral de Seguridad Universitaria avanza en otras universidades públicas del estado y en los propios campus de la UAEM. Esto significa que la agenda que detonó la movilización —la seguridad universitaria— ya está siendo asumida por actores institucionales.
Es una buena noticia, pero también una advertencia: si las instituciones comienzan a producir respuestas sin la participación estudiantil, el movimiento perderá su capacidad de incidencia.
La política no tolera vacíos. Si el movimiento no ocupa el espacio del diálogo, otro lo hará.
En este escenario, la conclusión es inevitable: el diálogo institucional ya no es una opción; es una urgencia.
No se trata de ceder, ni de bajar la guardia, ni de “volver a la normalidad”. Se trata de convertir la fuerza social en resultados concretos antes de que la presión por regresar a clases termine por ahogar la movilización.
El diálogo no es el fin del movimiento; es su única vía de supervivencia política. Sin diálogo, la protesta se desgasta. Sin acuerdos, la energía se dispersa. Sin resultados, la legitimidad se erosiona.
El movimiento nació de una tragedia que no puede normalizarse. Pero la normalización no ocurre solo desde afuera; también ocurre cuando un movimiento pierde su capacidad de transformarse.
Para evitar convertirse en paisaje, el movimiento estudiantil necesita dar un paso que siempre es difícil: pasar de la protesta a la negociación, de la indignación a la construcción, del grito a la institución.
La historia demuestra que los movimientos que trascienden no son los que se mantienen más tiempo en la calle, sino los que saben cuándo y cómo entrar a la mesa.
Ese momento es ahora. No después. No cuando termine el semestre. No cuando se resuelvan las diferencias internas.
Ahora.
Porque el tiempo —ese actor silencioso— ya comenzó a jugar en contra.




