Después de casi cuatro meses de estar encerrado en casa, es fácil meditar sobre varios aspectos de la vida, -que antes no llamaba la atención observar-.
Hoy, más que nunca, se valora la libertad, -no sólo de tránsito-, esa es únicamente una de ellas.
Se valora la libertad de ir a los restaurantes, a los bancos, a las tiendas, a los párques, a los cines y a donde las ganas y los recursos lo permitían.
De eso, nada queda.
Hoy, no podemos, ni siquiera deambular libremente por las calles sin el temor de encontrarnos en el camino al famoso virus y nos coloque al borde de la muerte.
Hoy, parece que podemos meditar lo que vive un interno al interior de una cárcel.
A diferencia de los que estamos en casa, un procesado no puede salir ni siquiera al resto de las habitaciones aledañas.
Los que estamos en casa, tenemos la esperanza que al terminar la pandemia, recobraremos nuestra libertad; los presos deben pasar por un proceso judicial y esperar que un juez falle su egreso de prisión.
Tal vez, es válido que quien comete uno o varios delitos, merezca estar en una prision; aunque, en ésta época no deja de pensarse en aquellos que sin infringir la Ley penal, se mantienen en alguna cárcel.
Eso, no es fácil de digerir.
Tampoco se deja de pensar en lo que en tiempos normales viven las mascotas, que deben esperar en casa hasta que llegue su amo y les haga alguna caricia o si bien les va, en su compañía, le de una vuelta a la cuadra.
La libertad no tiene precio.
Al recuperarla, debemos valorarla y entender entonces a aquellos que no pueden obtenerla.