El futuro ya nos alcanzó
En muchas discusiones actuales sobre género aparecen dos preguntas que me parecen importantes: ¿podemos reconocer el sufrimiento de los hombres sin cuestionar las desigualdades que afectan a las mujeres? Y ¿es posible escuchar el malestar de alguien sin sentir la obligación de aceptar su interpretación de aquello que lo produce?
Estas preguntas conllevan un principio ético conocido como simetría moral. En términos generales, se trata de reconocer que todas las personas merecen la misma consideración moral, independientemente de quiénes son o de si simpatizamos con ellas. Desde esta perspectiva, el sufrimiento de los hombres no debería considerarse menos legítimo que el de las mujeres, ni debería dársele menos valor a sus experiencias catalogándolas de facto como resentimiento, fragilidad o misoginia.
El planteamiento se entiende. Los hombres enfrentan problemas impotantes también: mayores tasas de suicidio, redes de apoyo emocional escasas, presiones asociadas al mandato de masculinidad, entre otras. Estas condiciones no son simples problemas individuales, sino que, al igual que las violencias y desigualdades que viven las mujeres, también están relacionadas con estructuras sociales y normas de género que van articulando sus vidas. No obstante, reconocerlo no significa que todas las explicaciones sobre ese sufrimiento sean igualmente válidas.
Y es que una cosa es reconocer la legitimidad de una experiencia y otra aceptar la interpretación que se hace de sus causas.
Un hombre puede experimentar frustración, soledad o miedo ante las transformaciones de las relaciones de género. Su malestar es real y merece ser escuchado. Pero afirmar que las mujeres o el feminismo son responsables de ese sufrimiento, es algo que debe discutirse. Cuestionar una explicación no equivale, necesariamente, a invalidar una experiencia. La verdad es que lo mismo debería aplicarse a cualquier persona. Nadie posee autoridad absoluta para explicar las causas sociales de su propio sufrimiento por el solo hecho de vivirlo. Nuestras vivencias sí nos proporcionan un conocimiento muy importante, pero siempre parcial.
Un gran problema surge cuando se confunde el reconocimiento del sufrimiento con la obligación de dar la razón. Escuchar no significa renunciar al pensamiento crítico. Así como cuestionar una explicación tampoco debiera convertirse en una forma de ridiculizar o silenciar a alguien (porque sí, también pasa, y mucho).
Pero hay aun otro asunto: la simetría moral no implica simetría estructural. Que el sufrimiento de cualquiera merezca igual consideración no significa que todas las personas tengan los mismos recursos, estatus, responsabilidades o poder. Reconcoer esta complejidad es indispensable, más cuando lo que está en disputa es “quién es la verdadera víctima”.
Lo anterior muestra que necesitamos manejar una ética que nos permita reconocer nuestro sufrimiento y, simultáneamente, reconocer que no es imposible equivocarnos al identificar sus causas. Pues si bien todo dolor merecer ser tomado en serio, eso no garantiza que tengamos siempre la razón.
Propuse el género como ejemplo, pero se puede aplicar a muchos otros casos…




