Bajo el volcán: Demasiado al norte
Hay palabras cargadas de significado que viajan a través de los siglos sin perder su peso: ‘guerra’ es una de ellas. No hace falta más que pronunciarla para evocar imágenes reiteradas en la memoria de la humanidad: poblaciones en ruinas, marchas de soldados, discursos encendidos, territorios reconfigurados por vía de las armas... la guerra no es un episodio aislado en nuestra historia como humanidad; tristemente es una de sus constantes más dolorosas.
Las razones que la originan quizás hayan cambiado de forma, pero no de fondo: muchas veces se invoca la defensa de la patria o la seguridad de las fronteras; otras, la necesidad de contener la expansión de un imperio, la pureza de una confesión religiosa o la vigencia de un principio democrático. No obstante la veracidad o vehemencia de estos discursos justificatorios, detrás de ellos suele ocultarse una causa primigenia: la ambición, ya se manifieste como codicia expansionista, locura por el poder, apetito de riqueza o simple vanagloria. Desde esta perspectiva, la historia de los conflictos bélicos puede leerse a grandes rasgos como una sucesión de disputas por decidir el destino y suerte de los demás.
La larga historia de las guerras permite advertir que cuando una causa es presentada como absoluta —una verdad infalible, una misión impostergable, una exigencia ineludible— se presenta con visos de sacralidad. Es entonces que se combate no sólo por interés, sino también por convicción, y cuando ésta se torna intransigente, el adversario deja de ser rival para convertirse en un auténtico enemigo.
Dejando de lado la dimensión discursiva de la guerra y centrándonos en la realidad de los conflictos, encontramos otra historia bien diversa: la mayoría de las víctimas no empuña ni porta armas; tampoco ocupa las tribunas… se trata de hombres y mujeres que trabajan, que comercian, que labran la tierra; docentes y estudiantes, niños y familias enteras cuya vida ha quedado súbitamente atrapada en una disputa que no eligieron.
A ello se suma que la humanidad registra en narraciones, crónicas y anales, la vivencia de las guerras. Desde los poemas épicos de la Antigüedad homérica hasta los monumentos y memoriales contemporáneos, las sociedades han intentado comprender —tal vez redimensionar— esa violencia recurrente. La guerra se convierte entonces en relato, en símbolo y en advertencia.
Quizás por ello es que cada época vuelve a preguntarse si la historia humana está condenada a repetir ciclos, sin encontrar una respuesta fácil. Lo que aparece con claridad al reflexionar sobre la guerra es una dialéctica entre el deseo de dominio y la posibilidad (mejor, anhelo) de vivir en paz, advirtiendo que la guerra revela algo persistente: la dificultad de compartir el mundo sin intentar poseerlo. Y mientras este ambicioso deseo permanezca, la historia seguirá escribiendo —una y otra vez— capítulos que sería mejor no leer de nuevo.




