Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
Nadie sabe cuándo ocurre. No recordamos el último juguete que dejamos olvidado en un cajón. No marcamos en el calendario la última vez que una tarde entera pasó entre mundos imaginarios. No existe una ceremonia que anuncie que algo ha terminado. Y, sin embargo, sucede.
Hubo una época en la que una cobija podía convertirse en un castillo, una nave espacial o una cueva secreta dependiendo de la tarde. Dos sillas separadas unos centímetros bastaban para construir una fortaleza inexpugnable. Una rama encontrada en el parque podía ser una espada, un cetro o el mapa hacia un tesoro escondido. Nadie preguntaba para qué servía todo aquello. La pregunta ni siquiera existía. El juego se justificaba por sí mismo.
Las horas no tenían peso. No estaban divididas entre productividad y descanso, entre tiempo bien invertido y tiempo desperdiciado. Una tarde podía desaparecer entera persiguiendo una idea absurda y nadie sentía que había perdido nada. Al contrario. Parecía que el tiempo se multiplicaba. Luego algo cambia. No de golpe. Nadie anuncia que ha llegado la última tarde de juego. Simplemente empezamos a hacer otras preguntas.¿Es útil? ¿Qué voy a obtener de esto? Poco a poco, donde antes había curiosidad aparece cálculo. Empezamos a mirar el mundo como quien examina una herramienta: buscando su función o su rendimiento.
Sin darnos cuenta, dejamos de jugar, pero nunca dejamos de necesitarlo. Seguimos buscando pequeños espacios donde la lógica se relaja. Conversaciones que se alargan más de la cuenta, viajes improvisados que terminan siendo mejores que los planeados bromas internas que dejan de tener sentido para cualquiera que no estuviera ahí. Hay una parte de nosotros que sigue resistiéndose a vivir únicamente entre horarios, pendientes y objetivos.
El escritor y filósofo G. K. Chesterton escribió que los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera. Siempre me ha parecido una observación hermosa. Los niños poseen esa misma ligereza. Habitan el mundo sin la necesidad constante de justificar cada cosa que hacen. Tal vez por eso los adultos admiramos tanto la infancia. No porque fuera perfecta, sino porque había algo en ella que parecía inagotable: la capacidad de maravillarse.
Con los años aprendemos muchas cosas. Aprendemos a ser responsables, a planear, a cumplir compromisos. Todo eso es necesario. Pero a veces, en el proceso, olvidamos algo más sencillo: que no todo tiene que convertirse en un proyecto. Corremos constantemente el riesgo de confundir dos cosas muy distintas; no es lo mismo madurar y endurecerse. Madurar es entender que la vida tiene peso. Endurecerse es olvidar que también tiene ligereza.
Hay momentos que no necesitan producir nada para tener valor. Quizá la última tarde de juego no fue realmente la última. Quizá sigue apareciendo de vez en cuando, disfrazada de una conversación que se alarga hasta la madrugada, de una caminata sin destino o de una carcajada tan genuina que por unos segundos nos hace olvidar la hora.
Y tal vez crecer consista en reconocerla cuando vuelve a visitarnos. Porque algunas cosas no se pierden por completo; simplemente esperan a que dejemos de tomarnos tan en serio para encontrarlas otra vez.
Y ustedes, ¿qué opinan?




