Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
¿Hace cuánto no están realmente en silencio? No con música de fondo, no con el celular en la mano, no llenando cada pausa con algo que distraiga. Un momento sin ruido… donde incluso sus pensamientos guardan silencio por un instante.
Y, sin embargo, incluso ahí, rara vez nos sentimos solos.
Uno imaginaría que el silencio es un lugar vacío, un espacio donde por fin nos encontramos con nosotros mismos sin interrupciones. Basta detenerse un momento para notar que no es así. El silencio no calla: murmura. La mente empieza a hablar, ordenar ideas, justificar y ensayar explicaciones, como si alguien estuviera escuchando.
En el fondo, incluso en el silencio más profundo, parece que siempre estamos acompañados.
Los filósofos han llamado a esa presencia invisible el “Gran Otro”: no es una persona concreta (ni mucho menos un ente extraño), sino esa mirada que imaginamos, el lugar que construimos y desde el cual creemos que somos vistos, entendidos o incluso juzgados. Es ese interlocutor silencioso para quien, sin darnos cuenta, seguimos pensando. Como si nuestras ideas necesitaran pasar por alguien más para sentirse completas; al final, nos hablamos como si habláramos para otro.
Tal vez por eso el silencio, la soledad, incomoda tanto. No porque esté vacío, sino porque nos deja frente a algo más inquietante: la posibilidad de que, sin esa mirada, no sepamos del todo qué hacer con lo que somos. Como un un escenario sin público donde la obra ya no sabe bien para quién está siendo representada.
El ruido, en cambio, funciona como una niebla ligera que no elimina lo que hay, pero sí lo suaviza. Nos acompaña, nos distrae, nos devuelve esa sensación de presencia constante. Evita que nos enfrentemos a ese instante en el que ya no hay a quién dirigirle nuestros pensamientos.
Pero quizá ahí está lo importante. Tal vez no sea un vacío que hay que llenar, sino un espejo que no devuelve respuestas. Un espacio donde, por primera vez, dejamos de explicarnos para alguien más… y empezamos, poco a poco, a entendernos a nosotros mismos.
El silencio no nos deja solos: nos deja sin excusas.
En ese espacio incómodo pero honesto aparece una pregunta más difícil de esquivar: ¿qué queda de nosotros cuando nadie nos está mirando? Quizá ahí, justo ahí, empieza lo que de verdad somos.
Y ustedes, ¿qué opinan?




