Bajo el volcán: Demasiado al norte
La primera vez que leí a Gramsci estaba en el primer semestre de la universidad. Encontré sus Cuadernos de la cárcel en la biblioteca de la facultad, en una edición de Era. Lo aclaro porque entonces ese nombre no significaba nada para mí, era apenas el sello que aparecía en el lomo de un libro que necesitaba leer para una clase. Como no podía subrayar, anotar en los márgenes ni llenar de apuntes un libro que no era mío sino de todas y todos -como lo es la propia UNAM-, hice lo que hemos hecho generaciones enteras de estudiantes: saqué fotocopias de uno de los cuadernos.
Recuerdo las hojas todavía calientes de la máquina, el olor a tóner, la letra diminuta porque con la reducción todo se hacía más chico. Ahí leí, sin saberlo todavía, a uno de los autores que iba a marcar para siempre mi manera de entender la política. En ese momento mis preocupaciones eran bastante más inmediatas: entender lo que estaba leyendo, hacer mis anotaciones y conseguir que el dinero de la semana alcanzara también para las copias.
No recuerdo solamente las ideas de Gramsci. Recuerdo el papel, la mesa donde me senté, el trámite para sacar el libro del estante, la fila frente a la fotocopiadora. Y ahora, mirando hacia atrás, también recuerdo ese sello que entonces apenas registré y que nunca imaginé que algún día pudiera desaparecer.
Creo que algo así pasa con los libros que de verdad nos forman. No recordamos solamente lo que dicen, sino su cuerpo: una portada, el tamaño, las anotaciones al margen, quién nos lo prestó, dónde estábamos cuando por fin entendimos ese párrafo que llevábamos media hora leyendo. Incluso una fotocopia conserva algo del libro del que salió.
Y esto importa porque a veces hablamos de los libros como si las ideas simplemente aparecieran frente a nosotros. No es así. Antes de que yo pudiera poner aquel ejemplar sobre el vidrio de una máquina de copias, alguien había decidido publicar a Gramsci en México. Alguien lo tradujo, lo editó, lo imprimió y lo distribuyó. La universidad compró un ejemplar y la biblioteca lo conservó hasta que llegó a las manos de una estudiante que quería comprenderlo entero sin rayar un libro que también tenía que servirle a quien llegara después.
Esta semana, Ediciones Era, la editorial de aquel Gramsci, anunció que suspendía sus operaciones. Dos días después precisó que no desaparecería por completo, sino que reduciría su actividad al mínimo. En medio de la incertidumbre hubo una frase de su primer comunicado que entristeció a más de una: "el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros".
Hay algo absurdo y paradójico en una frase así: una editorial no puede vivir de vender libros. Que algo pueda ser culturalmente indispensable y, al mismo tiempo, económicamente imposible, no debería sonar tan normal como nos suena.
Y no se trata de cualquier editorial. Durante más de seis décadas, Era publicó a autores fundamentales de la literatura y el pensamiento en México y América Latina. Por su catálogo pasaron José Revueltas, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, pero también buena parte de las discusiones políticas e intelectuales que formaron a generaciones enteras. Yo llegué a una de ellas casi por accidente, haciendo fila para sacar fotocopias. Tal vez por eso me incomodó un reclamo que apareció varias veces en redes sociales después del anuncio: la culpa es de quienes leen libros piratas, descargan un PDF o sacan fotocopias.
Lo digo desde mis propias fotocopias de Gramsci: no creo que el problema esté ahí. Sería muy fácil convertir la crisis del libro en una especie de defecto moral de los lectores. Decir que ya nadie compra, que todos quieren leer gratis, que hemos dejado de valorar los libros. Pero eso no es lo que hace una estudiante que fotocopia un libro porque no puede comprar todos los textos que le piden en la universidad. Quien descarga un PDF porque un libro cuesta una parte importante de su ingreso tampoco demuestra necesariamente que no valore los libros. Muchas veces demuestra exactamente lo contrario: que quiere leer algo a lo que, de otra manera, no podría acceder.
Eso no significa que dé lo mismo comprar un libro que descargarlo. Autores, editores, traductores, correctores, diseñadores, impresores y libreros tienen que cobrar por su trabajo. Precisamente por eso el problema es bastante más difícil que encontrar culpables entre quienes leen. Porque entre un escritor y un lector hay un mundo.
Hace falta alguien que apueste por un manuscrito, alguien que lo edite y lo traduzca, alguien que diseñe el libro y lo imprima. Hacen falta distribuidores que muevan cajas, librerías capaces de sobrevivir, bibliotecas que compren acervo, universidades que lo resguarden, profesores que pongan ciertos textos en circulación. Y sí, también hacen falta fotocopiadoras de facultad para que una estudiante de primer semestre pueda apropiarse, a fuerza de subrayados y anotaciones, de un libro que pertenece a todas y todos.
La fotocopia no estaba fuera de esa cadena. Era posible gracias a ella.
Antes de mis hojas engrapadas estaba Era. Antes de Era estaba Gramsci. Y entre Gramsci y aquella estudiante de primer semestre hubo décadas de traducciones, ediciones, impresiones, bibliotecas, profesores y lectores que hicieron posible que un texto escrito al otro lado del mundo y en otro tiempo terminara generando discusiones en las aulas de la UNAM.
Eso es lo que me preocupa del anuncio de Era. No solamente que una editorial histórica reduzca sus operaciones ni la tristeza que produce imaginar un catálogo así detenido. Me preocupa que sigamos perdiendo las estructuras que permiten que una idea viaje en el tiempo y encuentre a alguien que todavía no sabe que la necesita.
Una tradición intelectual no sobrevive solamente porque alguna vez alguien escribió un gran libro. Sobrevive porque otras personas lo traducen, lo editan, lo imprimen, lo guardan, lo recomiendan, lo prestan. A veces también porque alguien lo fotocopia.
Yo no compré aquel Gramsci. Ni siquiera recuerdo haber pensado entonces en quién lo había publicado. Pero Era ya había hecho su parte mucho antes de que yo supiera que la necesitaba: había conseguido que el libro llegara hasta mí.
Y quizá esa es la pregunta que queda después de estos días. Si esa infraestructura sigue haciéndose más pequeña, ¿quién va a conseguir que los libros fundamentales lleguen, dentro de veinte años, a las manos de alguien?
Aunque esas manos sólo tengan para pagar las fotocopias.
*Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana.




