Bajo el volcán: Cadáver exquisito
He venido pensando en los últimos meses que hace tiempo que me intriga nuestra pretensión de vivir el amor sin que nada nos duela. Basta escuchar algunas conversaciones sobre las relaciones contemporáneas para advertir cuánto hemos aprendido a desconfiar de cualquier experiencia que nos produzca angustia. Entre amigas nos recomendamos salir de donde no estamos cómodas, evitar la incertidumbre, retirarnos ante la primera señal de malestar y procurar, por encima de todo, nuestra tranquilidad. Por un lado, entiendo de dónde viene buena parte de esa preocupación, especialmente después de tantos siglos en los que el sufrimiento de las mujeres fue presentado como una prueba de amor. Sin embargo, me pregunto en qué momento empezamos a confundir la legítima aspiración a relacionarse sin violencia con la expectativa de que el deseo no nos perturbe de ninguna forma.
Esta semana, Anne Carson fue premiada con el máximo galardón de la literatura: ganó el premio Nobel. Traigo esto a colación porque, además de que me parece ultra merecido, fue ella quien me llevó a conocer a Safo. Llegué a la poeta griega a través de Eros, dulce y amargo, un libro al que he vuelto varias veces a lo largo de mi vida porque encuentro en sus páginas algunas claves para pensar el deseo de una forma que no huye al malestar y que se aleja de cualquier intento de reducirlo a una emoción exclusivamente placentera.
En su libro, que es por demás bellísimo, Carson recupera una palabra con la que Safo describió a Eros: glukúpikron. En inglés, el título Eros the Bittersweet conserva algo que la traducción al español difícilmente puede reproducir: bittersweet es una sola palabra para nombrar aquello que es dulce y amargo simultáneamente. Me gusta esa particularidad del lenguaje en la que dos sensaciones aparentemente contradictorias pueden estar contenidas en la misma palabra y que el significado sea distinto al que tienen si las tratamos por separado. No sé absolutamente nada de griego, pero me fascina pensar que hace más de dos mil años alguien ya había encontrado una forma tan precisa de nombrar lo que hoy nos empeñamos tanto en separar.
En uno de sus poemas más conocidos, Me parece semejante a un dios, Safo contempla, como parte de un triángulo deseante, a la persona que ella desea. Quiero detenerme en él porque pocas veces he encontrado una descripción tan precisa de la sensación que experimentamos cuando el deseo ocurre en el cuerpo:
Me parece semejante a un dios
ese varón sentado junto a ti
que te oye hablar
y mira cómo te sonríes,
a mí que con sólo verte me salta
el corazón
y hablar me es imposible,
la lengua se me enrosca,
un fuego me recorre la piel,
se me nubla la vista,
las orejas me zumban
y sudo y tiemblo y así
me veo a mí misma:
pálida como sólo la hierba palidece
y no lejos de morirme.
Me impresiona que en este poema haya una experiencia tan descriptivamente corporal del deseo. La persona deseada está ahí, frente a ella, y su presencia produce una conmoción que parece desbordar a la poeta. El corazón se acelera, la lengua se enrosca, la piel arde, los sentidos se alteran y el cuerpo entero participa de una experiencia que la voluntad no puede gobernar. En el poema conviven la fascinación por la persona deseada y una perturbación tan intensa que Safo llega a sentirse próxima a la muerte. Me pregunto qué haríamos hoy con una descripción semejante, acostumbradas, como estamos, a interpretar cualquier alteración de nuestra tranquilidad como una señal de alarma o una “red flag”.
Precisamente Carson escribe sobre “ese juego entre ausencia y presencia” que “constituye la esencia de Eros”. Hay una distancia que atraviesa y constituye el deseo incluso cuando la persona deseada está frente a nosotros. Safo puede verla, escucharla, contemplar su sonrisa, pero el sujeto permanece fuera de su alcance. El deseo introduce una separación entre aquello que queremos y nuestra posibilidad de poseerlo, y esa distancia puede resultar tan estimulante como dolorosa.
En Eros, dulce y amargo, Carson recupera una formulación que me parece especialmente provocadora en una época en la que la fantasía de un amor indoloro se ha instalado en la doxa y en nuestra manera de pensar los afectos: “El amor y el odio combinados constituyen un enemigo irresistible”. Hace siglos que la literatura conoce estas contradicciones y sabe que los afectos rara vez se presentan con la claridad y el orden que quisiéramos imponerles. Podemos desear a alguien y sentir enojo, experimentar alegría y temor al mismo tiempo, disfrutar intensamente de una presencia mientras nos angustia la posibilidad de su ausencia.
Desde el psicoanálisis, Lacan pensó el deseo a partir de la falta. Deseamos porque hay algo que no tenemos y porque ninguna persona puede ofrecernos una satisfacción definitiva. La experiencia amorosa nos enfrenta a la existencia de otro sujeto, con deseos, decisiones y una vida que nunca estarán enteramente a nuestra disposición. Incluso en los encuentros más felices persiste esa imposibilidad de acceder por completo al otro. Amar, creo, supone convivir con una incertidumbre que ninguna cantidad de explicaciones, acuerdos o demostraciones consigue eliminar porque es constitutiva del deseo y, en su caso, del amor.
Últimamente me pregunto cuánto de nuestra dificultad para soportar la angustia amorosa tiene que ver con una dificultad más amplia para aceptar esa falta. Hemos construido un lenguaje muy elaborado para identificar aquello que nos hace daño, establecer límites y proteger nuestra tranquilidad, y celebro que hoy podamos nombrar experiencias de abuso que durante mucho tiempo fueron normalizadas. Pero también me preocupa la facilidad con la que confundimos el sufrimiento provocado por la violencia o la crueldad con la inquietud inevitable de desear a alguien que existe fuera de nuestra voluntad. Una relación puede ser respetuosa, recíproca y profundamente feliz sin que por ello desaparezcan el miedo, la incertidumbre o los momentos de tristeza.
Carson escribe sobre la dulzura y la amargura simultáneas del deseo, y encuentro en esa formulación una invitación a pensar el amor con menos exigencias de pureza emocional. La carencia, señala, participa del impulso erótico; el placer y el dolor pueden acompañarse porque desear nos pone frente a aquello que no poseemos. La contradicción pertenece a una experiencia en la que intervienen nuestra historia, nuestras fantasías y la presencia siempre imprevisible de otra persona.
Vuelvo al poema de Safo y a ese cuerpo que tiembla frente a la persona deseada. Me conmueve que su poema haya atravesado tantos siglos conservando intacta su capacidad para describir el deseo desbordante, ese que se hace cuerpo. Seguimos perdiendo las palabras, sintiendo que el corazón se nos sale del pecho, imaginando ausencias y temiendo pérdidas que aún no suceden. Y seguimos buscando explicaciones para una experiencia que, desde sus primeras expresiones poéticas, parece resistirse a cualquier intento de volverla sencilla.
No quisiera regresar a una idea del amor que exige sufrir para demostrar su intensidad. Me interesa, más bien, recuperar la posibilidad de vivirlo sin pedirle que nos preserve de toda incomodidad, porque quizá en esa exigencia de tranquilidad absoluta estemos renunciando también a una parte de lo que significa desear. Safo encontró una palabra capaz de contener dos sensaciones contradictorias y Carson dedicó un libro a pensar todo lo que ocurre entre ellas. Después de tantos siglos, seguimos queriendo separar lo que la poesía supo nombrar junto: lo dulce y lo amargo.
*Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo.