Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
En las últimas semanas, recorrer Cuernavaca es encontrarse con bardas pintadas, espectaculares, lonas y una actividad permanente en redes sociales. Cambian los nombres, las fotografías y los colores pero la estrategia, en cambio, parece responder a la misma lógica: mientras mayor sea la exposición, mayor será la posibilidad de instalar una imagen en la conversación pública.
Durante muchos años esa lógica funcionó. Quienes tenemos amplia trayectoria sabemos que anteriormente, la comunicación política era, esencialmente, un ejercicio de difusión. Los mensajes se emitían desde el poder y la ciudadanía contaba con pocos espacios para responderlos, cuestionarlos o contrastarlos. La repetición ocupaba un lugar central porque la disputa consistía, sobre todo, en construir asociación.
Ese escenario cambió en los últimos años. Las redes sociales aceleraron el proceso, pero no lo explican por completo. Lo que realmente cambió fue la relación entre el gobierno y la gente. Hoy cualquier decisión pública puede discutirse, verificarse o cuestionarse en tiempo real. La comunicación dejó de ser un monólogo para convertirse en una conversación permanente.
Ahí se encuentra, una de las principales innovaciones políticas de los gobiernos de la Cuarta Transformación. Con frecuencia se atribuye su eficacia comunicativa al uso intensivo de redes sociales o a su capacidad de movilización. Ambas explicaciones son parciales. La diferencia principal está en comprender que la comunicación pública ya no puede organizarse alrededor de la repetición del mensaje sino que hay que construir interlocución.
La conferencia matutina sintetiza ese cambio. Más allá de las opiniones que genere su formato, modificó una práctica que durante décadas pareció inamovible: el gobierno dejó de comunicar únicamente a través de boletines y campañas institucionales para establecer un espacio cotidiano de explicación, debate y disputa pública sobre los asuntos nacionales.
A partir de ahí también cambiaron las expectativas de la ciudadanía.
Hoy la demanda no se limita a conocer una decisión. Existe una exigencia creciente por entender cómo se tomó, con qué información se sustenta y cuáles serán sus consecuencias. La comunicación pública empezó a medirse menos por su capacidad para difundir mensajes y más por su capacidad para explicar decisiones.
Por eso llama la atención que todavía exista quien confíe en que la acumulación de espectaculares, pautas digitales o mecanismos de amplificación artificial puede sustituir esa conversación.
La publicidad puede aumentar el nivel de conocimiento de una persona, pero difícilmente construye confianza por sí sola. La confianza se construye con diálogo, permanencia, cercanía y, sobre todo, con una comprensión básica de la experiencia cotidiana de la gente.
Persistir en el gasto excesivo en espectaculares, pautas o estrategias de amplificación artificial no sólo abre preguntas sobre el uso y el origen de esos recursos. También revela un diagnóstico equivocado sobre la política.
Quienes siguen apostando a la saturación de imagen como principal estrategia de comunicación no están leyendo el momento político que vive el país. La comunicación pública cambió de lógica. La repetición cedió su lugar a la interlocución, y esa diferencia explica buena parte de la política mexicana de los últimos años, quien no ha entendido ese cambio difícilmente entenderá también la forma en que hoy se gana la confianza de la gente.
* Javier Bolaños es egresado del Instituto Politécnico Nacional, con larga trayectoria en la función pública y experto en gestión hídrica.




