Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
No es cosa rara que cuando gana la Selección Mexicana (varonil) de futbol, las gente celebra, canta, abraza a desconocidos y convierte el espacio público en una fiesta improvisada. Pero junto con esa celebración aparecen otros episodios: vehículos golpeados, personas agredidas, incendios, destrozos y enfrentamientos. Por mencionar algunos casos recientes, el pasado 18 de junio, tras el triunfo de la Selección sobre Corea del Sur en el Mundial 2026, en Chihuahua un grupo de aficionados incendió un terreno baldío y, poco después, otro incidente terminó con varias personas atropelladas en medio del caos. Sobre este último caso, cabe decir que quien atropelló a la multitud, fue previamente embestidopor esta, rodeando su automóvil, sacudiéndolo y lanzando cosas sobre él. Esta escena se ha repetido en distintas ciudades a lo largo del país en el marco de dichas celebraciones.
La explicación clásica nos lleva al sociólogo francés Gustave Le Bon y su teoría de las masas. Según esta perspectiva, el individuo inmerso en una multitud pierde parte de su racionalidad, experimenta una sensación de anonimato y actúa de formas que difícilmente asumiría en solitario. La multitud diluye responsabilidades e intensifica las emociones.
Sin embargo, me parece que esa explicación se queda algo corta para comprender lo que observamos hoy. Si bien, la multitud puede explicar por qué ciertas conductas se vuelven contagiosas, eso no explica de dónde provienen y cómo se expresan. El incendio, la agresión al conductor que intenta avanzar o la decisión de destruir mobiliario urbano no nacen espontáneamente. Esas acciones alojan una disposición previa que se activa en determinadas circunstancias (un habitus, diría Bourdieu).
No es que la violencia emerja de la masa, más bien, la masa funciona como un escenario que le pone pausa temporal a los controles sociales. La multitud no fabrica individuos violentos, pero sí ofrece una oportunidad para que ciertas formas de violencia hagan eco, encuentren legitimidad, e incluso reconocimiento.
Desde las ciencias sociales sabemos que las normas no desaparecen cuando la gente se reúne. Lo que sí puede cambiar es la percepción de sus costos. En un contexto donde cientos hacen lo mismo, la responsabilidad individual parece diluirse. Pero quien lanza una piedra, prende fuego o golpea un automóvil sigue tomando una decisión.
La masa condiciona, pero no es determinante. En una sociedad atravesada por distintas expresiones de violencia –criminal, doméstica, política, etc.– es esperable que muchas personas hayan aprendido que la violencia constituye una forma legítima de relacionarse con el espacio público y con los demás. De hecho, como advierte el sociólogo Norbert Elías, vemos cómo el autucontrol y la gestión de impulsos son logros sociales realmente débiles. Vemos también cómo la violencia forma parte del repertorio disponible para expresar enojo, euforia o frustración… y también alegría.
Como otras prácticas, los festejos futbolísticos funcionan como un laboratorio social. Durante unas horas se flexibilizan los controles institucionales, las emociones se exhacerban y el anonimato reduce el costo de transgredir las normas. Lo que aparece no es una personalidad distinta o transformada por la masa, sino aspectos del orden social que están ahí todo el tiempo, pero permanecen relativamente ocultos. Las expresiones de la violencia nunca están aisladas de otras, ni de las que el propio sujeto ejerce en su cotidianeidad.
Por eso, me parece un error atribuir la violencia únicamente al alcohol, al futbol o a la "irracionalidad" de las masas. Hay cosas pasando para decidir acosar a un conductor, impedirle el paso, sacudir su auto, arrojarle cosas, gritarle, asustarlo, someterlo… y esas cosas no son ocasionadas por el futbol, ni dejan de tener un componente de decisión individual. Por ello, discrepo un poco con Le Bon: no creo que la masa transforme al individuo; creo más bien que la masa revela al individuo.




