Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
En contextos de movilización social la tendencia a simplificar la realidad en bandos opuestos y narrativas emocionales oculta su intrínseca complejidad
En momentos de movilización social, suele aparecer una tentación muy humana, sobre todo de nuestro tiempo: reducir la realidad a dos bandos claros, opuestos e irreconciliables; a una narrativa simple de “buenos” y “malos” (por supuesto, según el bando al que se apoye, el otro será el “malo”). Las redes sociales, la velocidad de la información y el clima de confrontación pública nos empujan en esa dirección. Sin embargo, los procesos colectivos rara vez caben en categorías tan estrechas.
Las movilizaciones sociales son, por naturaleza, procesos complejos. Se combinan, por supuesto, las demandas legítimas, pero también desacuerdos internos, estrategias distintas e intereses que buscan influir o capitalizar el proceso. Pretender que todo responde a una sola lógica –heroica o conspirativa, por ejemplo– ofrece una comprensión simplista del fenómeno que impide ver los matices que dan forma al movimiento
Parte de la dificultad para matizar la realidad tiene que ver con algo profundamente humano: las emociones. La indignación, la empatía, el miedo, el hartazgo o la esperanza son motores fundamentales de cualquier movimiento social. Sin emoción no hay movilización, porque nadie sale a las calles ni se organiza durante semanas por mero cálculo racional. Las emociones conectan, movilizan y permiten reconocer en el otro una causa compartida.
Pero las emociones también pueden convertirse en un atajo para evitar la complejidad. A veces es más cómodo adoptar una postura inmediata y universal –indignarse, celebrar, condenar– que detenerse a examinar los matices. Cuando una información confirma lo que ya sentimos (sesgo de confirmación), tendemos a compartirla sin cuestionarla demasiado. En ese terreno prosperan la desinformación, las versiones incompletas y los relatos simplificados que se viralizan precisamente porque apelan a lo que nos conmueve. Claro está que el problema no son las emociones, sino renunciar a pensar con calma.
Los conflictos sociales como los que se observan hoy día exigen una mirada que sostenga dos cosas simultáneamente: la empatía con quienes se movilizan y la capacidad de analizar críticamente lo que ocurre. Reconocer las emociones que están en juego no debería cancelar la reflexión, por el contrario, debería hacerla más consciente y profunda.
Quizá uno de los mayores desafíos en tiempos de excesiva polarización no sea elegir un bando de inmediato, sino resistir la prisa por simplificar. Entender que los movimientos sociales no son blancos o negros, que les atraviesan tensiones y contradicciones, y que justamente ahí reside su dimensión humana.
Comprender un proceso complejo no lo debilita; al contrario, nos ofrece una mirada más honesta.




