Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
El “sujeto endriago” es un concepto desarrollado por la filósofa mexicana Sayak Valencia en su obra Capitalismo gore, para ampliar la explicación cómoda del crimen organizado como simple desviación moral y a preguntarse si ciertos sujetos violentos representan, en realidad, una expresión extrema de los valores que el propio capitalismo promueve actualmente.
Valencia retoma la figura mitológica del endriago –un monstruo híbrido de hidra y dragón– para describir a individuos que combinan capacidades empresariales, políticas y violentas. En ese sentido, el sujeto endriago no es únicamente un criminal, sino alguien que identifica oportunidades, asume riesgos, construye redes de poder y genera ganancias mediante la administración de la violencia. Este sujeto posee muchas de las cualidades que el discurso neoliberal admira como el emprendedor exitoso.
En tanto que la narrativa tradicional distingue entre empresario y delincuente, Valencia sugiere que ambos operan dentro de una misma lógica económica: la acumulación, el reconocimiento y la movilidad social. La diferencia radica en los medios empleados. Sin embargo, cuando los caminos legales aparecen cerrados para amplios sectores de la población, la violencia puede convertirse en una herramienta alternativa para alcanzar objetivos similares.
El sujeto endriago no nace únicamente de una decisión individual. Es también producto de contextos marcados por desigualdad, precarización laboral, exclusión económica y una cultura que asocia el éxito con la acumulación material. Cuando el reconocimiento social se mide por la riqueza y el consumo, algunos actores buscarán alcanzarlos incluso mediante la violencia. Y es que, en un sistema de desigualdad económica, lo que sí se nos presenta en igualdad es la posibilidad de desear, más no de poseer.
Valencia nos alerta sobre que el monstruo no habita únicamente en los márgenes de la sociedad ni solo en los espacios de ilegalidad. El sujeto endriago emerge desde el interior de una cultura que celebra el éxito, la competencia y la acumulación, incluso cuando carece de mecanismos suficientes para distribuir sus beneficios.
Esa comprensión exige a disciplinas como el Derecho que abandone una visión exclusivamente punitiva del problema. Y es que la respuesta jurídica tradicional suele concentrarse en perseguir los efectos más visibles de la violencia, incrementando sanciones o ampliando los mecanismos de seguridad pública. Aunque estas medidas son necesarias para garantizar el orden, son insuficientes cuando las condiciones que permiten la emergencia de sujetos endriagos no se tocan. Es en la desigualdad que limita el acceso efectivo a oportunidades, donde la promesa de movilidad social asociada al empleo legal pierde credibilidad y abre espacio a formas ilegales y violentas de acumulación y reconocimiento.
La reflexión de Valencia interpela directamente a los(as) profesionales del Derecho, pues obliga a reconocer que el derecho no actúa en el vacío. Su eficacia depende también de las condiciones materiales en las que se ejerce. Un Estado que garantiza formalmente derechos, pero que tolera la exclusión económica, puede convertir la legalidad en una promesa inaccesible para el grueso población. Frente a ello, la tarea del Derecho no debería limitarse a sancionar, sino también a contribuir a la construcción de condiciones de justicia social para que la violencia y la ilegalidad dejen de ser una opción de ascenso económico. Combatir al sujeto endriago no se logra solo con perseguir criminales; implica cuestionar las estructuras económicas y culturales que lo hacen posible.




