Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
El reciente caso de un joven que asesinó a dos maestras al interior de una escuela en Michoacán no es, en definitiva, un hecho aislado, ni la simple consecuencia de una “mente perturbada”. Pensarlo así es cómodo e insuficiente. Este tipo de violencias extremas sonsolo la punta visible de una estructura mucho más amplia que se sostiene en narrativas, pedagogías y formas de socialización que normalizan la crueldad y deshumanizan a ciertos sujetos, particularmente a las mujeres y a los hombres que no se ajustan al modelo hegemónico de masculinidad.
Desde hace ya tiempo –más del que queremos reconocer– ha resultado urgente mirar los espacios donde se están formando las subjetividades masculinas actuales, donde los hombres están aprendiendo a serlo. Internet, lo sabemos no es terreno neutral. Los contenidos que circulan en las diversas plataformas funcionan como dispositivos que producen identidades, emociones y formas de entender el mundo. En internet se puede encontrar literalmente de todo, pero no todos los contenidos fluyen con la misma fuerza: la publicidad pagada, el beneficio algorítmico, las restricciones “a modo” de las plataformas y el cobijo que otorga el que un contenido sea replicado por alguien con un amplio número de seguidores, son algunas de las variables que hace que ciertos contenidos alcancen a más personas. En ese enorme ecosistema que es internet, en los últimos años proliferan discursos que, bajo la apariencia de “superación personal” o “coaching de masculinidad”, reproducen una lógica que no es nueva, pero que retoma fuerza y peligrosidad: la idea de que ser hombre implica dominar, endurecerse y desconfiar de lo femenino.
A diferencia de la violencia contra las mujeres del siglo XX, las narrativas del coaching de masculinidad no operan mediante órdenes explícitas de violencia, sino a través de lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominó violencia simbólica, es decir, formas de pensamiento que parecen sentido común, pero en el fondo legitiman jerarquías y desigualdades. Cuando se repite que “los hombres débiles no tendrán éxito (con las mujeres, pero también entre los hombres)” o que “las mujeres son manipuladoras”, se está moldeando una percepción del mundo donde la empatía es un defecto y el otro (sobretodo, la otra) se convierte en amenaza.
En este contexto, el concepto de “pedagogías de la crueldad”, desarrollada por la antropóloga argentina Rita Segato, resulta especialmente útil. La violencia extrema de este tipo no se trata solo de actos repentinos ni es necesariamente el resultado de un estado psicopatológico, sino que, la gran mayoría de las veces, revela procesos culturales que enseñan a insensibilizarse frente al dolor ajeno. La crueldad no aparece de la nada: se aprende, se practica y se legitima. Y muchas veces comienza en lo cotidiano, en bromas, en imágenes y, en el caso de internet, en comunidades digitales que refuerzan el desprecio como forma de pertenencia y valor.
El caso de Michoacán incita a preguntarnos qué tipo de emociones, frustraciones y narrativas están permeando en las juventudes. La responsabilidad individual es tan solo un primer nivel; es indispensable reconocer el entorno simbólico que facilita y hace posible que alguien transforme su malestar en asesinato. Esto no significa, en absoluto, justificar a quien comete violencia, pero sí necesitamos afinar y complejizar nuestra comprensión para poder prevenirla. Si no atendemos las raíces culturales y afectivas del problema, seguiremos reaccionando tarde y limitándonos a preguntar “¿dónde estaban los padres?” (o la madre, para mayor honestidad).
Cuando las emociones que experimentan los hombres no encuentra canales de expresión saludables, es mucho más fácil que sean capturadas por discursos que las orienten hacia el odio. Y peor aún, quienes monetizan con ello, han encontrado que el odio vende y vende bien. Al respecto, un joven me preguntaba recientemente si no encontraba algo “bueno” en los coaches de masculinidad. Entiendo su pregunta y el hecho de que se sintiera juzgado por consumir ese tipo de contenido. Le expliqué que es muy positivo que alguien te inspire disciplina para el ejercicio, el trabajo y la buena alimentación, pero llama la atención que la fuente de motivación para ello sea el odio contra las mujeres y hombres que no se ajustan a los modelos de masculinidad tradicional.
Como siempre, no es adecuado generalizar, por ello, hago referencia solo a las narrativas de coaching de masculinidad que convergen peligrosamente con la lógica de las comunidades incel (célibes involuntarios), es decir, aquellas que ofrecen explicaciones simplistas,emocionalmente potentes para el rechazo afectivo, y que consideran que las mujeres no son sujetos con autonomía, sino responsables del sufrimiento masculino. Este desplazamiento del malestar –de lo estructural hacia lo femenino– alimenta una identidad basada en el resentimiento compartido, donde la frustración se legitima como agravio y el agravio como justificación moral para hacer daño. Es muy interesante en el análisis cómo lo que inicia como consejo motivacional se transforma en una pedagogía afectiva que normaliza el desprecio, refuerza la deshumanización y, en casos extremos, abre la puerta a formas de violencia son solo simbólicas, sino materialmente letales.
La sociedad en su conjunto, pero los hombres en particular, necesitan seguir construyendo–pero en serio– nuevas formas de educación emocional, espacios donde puedan reconocerse vulnerables sin que ello implique pérdida de valor. Urge también que fortalezcan su capacidad de introspección para cuestionar todo lo que consumen y sus formas de relacionarse con las mujeres y consigo mismos; apremia que reconozcan las conexiones entre las violencias “simples” y las más severas como la violación y el feminicidio. Porque los actos extremos no nacen en el vacío. Se gestan y legitiman en discursos, en comunidades y en formas de “aprender a ser hombre”.




