Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
La política educativa actual ha aprendido a incorporado estratégicamente el lenguaje de la diversidad. Ya no resulta políticamente correcto pensar al estudiante como un sujeto homogéneo: se reconoce que existen distintos orígenes, capacidades, contextos familiares, condiciones económicas y formas de aprender. La inclusión educativa entonces implica abandonar la idea del estudiante “promedio” o “estándar” y, en su lugar, adaptar la labor docente para atender la diversidad. Precisamente el día de ayer escuchaba este tipo de reflexiones en un espacio de capacitación docente y me surgió una pregunta: ¿qué tipo de docente supone esta política educativa?
Porque mientras el discurso educativo insiste en que no existen estudiantes estándar, parece que se maneneja desde una imagen estandarizada del docente. Un docente (y lo pongo en masculino porque, en todo caso, se ajusta más al estereotipo de masculinidad) que tiene tiempo para planear de manera diferenciada, capacitarse constantemente, evaluar, innovar, acompañar, generar evidencias, hacer las veces de “terapeuta” de sus estudiantes, incorporar y aprender sobre nuevas tecnologías, participar en reuniones y comisiones, producir resultados y, por supuesto, alcanzar los indicadores de excelencia. Tiempo, supone que tiene tiempo.
Se reconoce la diversidad del estudiante, lo cual es muy importante, pero se tiende a invisibilizar la diversidad de condiciones en las que trabajan quienes enseñan. Esta política educativa parece suponer que todo el personal docente se desempeña en igualdad de condiciones laborales y que su salario le es suficiente.
El problema no es que se exija educación de excelencia (sea lo que sea que eso signifique). Tampoco que se busque mejorar las prácticas docentes. El problema radica en obviar que estas exigencias descansan sobre una ficción: la existencia de docentes con condiciones laborales estables, tiempo suficiente, recursos adecuados, grupos manejables, formación continua a su alcance y una disponibilidad casi ilimitada para responder a cada nueva demanda institucional que suele aparecer con el cambio de sexenio.
La realidad docente es tan heterogénea como la estudiantil. Hay docentes con plazas definitivas y docentes contratados por horas; quienes cuentan con infraestructura y quienes trabajan con recursos (muy) limitados; quienes tienen grupos pequeños y quienes enfrentan aulas en las que ni siquiera se puede caminar; quienes pueden dedicar horas a preparar materiales y quienes deben combinar varias cargas laborales junto con trabajo de cuidados. Hay docentes que, además de enseñar, realizan tareas administrativas, de gestión, investigación, tutoría..
No basta con preguntarnos cómo hacer que todos(as) los(as) estudiantes “quepan” en la escuela. También habría que preguntarnos qué condiciones necesita quien enseña para hacer posible esa inclusión.




