Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
Crisis o apocalipsis: El mal de nuestro tiempo, es un diálogo entre el poeta Javier Sicilia y el jurista Jacobo Dayán. Ambos escritores y activistas desde su propio lugar y experiencia. Se trata de un libro que, más que libro, es la invitación a participar de una charla entre dos pensadores que comparten y discuten desde la amistad y la preocupación por un mundo que parece colapsar a cada segundo, por un mundo donde la justicia y la memoria cobran una importancia sin precedentes. Se trata de un diálogo valioso y necesario. Por ello, este texto no pretende, en absoluto, ser una reseña (no le haría justicia, además), sino una invitación a su lectura a través de una de las reflexiones que me despertó.
Leer-escuchar (para mi era imposible no escuchar la voz de Sicilia cada que leía sus intervenciones) Crisis o apocalipsis me dejó una preocupación particular: las instituciones, tal como hoy están concebidas, han dejado de cumplir su promesa fundacional. Esa “promesa incumplida” no es necesaria o únicamente producto de la corrupción o mala fe —aunque estas existan—, sino de algo más profundo: una incapacidad estructural para responder a la complejidad y magnitud de las necesidades actuales.

Esto no es nuevo, pero tampoco es algo que nos agrade reconocer. Se repite en conversaciones cotidianas, en trabajos académicos y en el desencanto generalizado: las instituciones “no funcionan”, “no nos representan”. En ese sentido, el diagnóstico no es innovador y por ello no desconcierta tanto; lo que resulta extraño es que, pese al diagnóstico, persista la expectativa de que sí funcionen, de que sí representan. Ya sabemos que no pueden, lo aceptamos, lo repetimos, nos quejamos, pero seguimos exigiendo como si pudieran.
¿De dónde proviene esa insistencia (necesidad o necedad)? ¿Será inercia histórica? Durante siglos, las instituciones materializaron la posibilidad de orden frente al caos, de mediación frente al conflicto, de acción frente a las limitantes del individuo para operar de manera parcial y resolver con justicia. Renunciar a las instituciones no es sencillo porque implicaría reconocer que vivimos en el vacío. Ello nos expone a la intemperie sin cobijo sobre nuestros cuerpos.
No obstante, el vacío no permanece neutral. Allí donde las instituciones pierden legitimidad, emergen con fuerza discursos que prometen restituir certezas, que nos prometen arropo. El resurgimiento de distintas expresiones de la derecha puede leerse como una respuesta a esa intemperie: ofrecen orden, identidad y dirección en contextos donde todo parece peligroso y desordenado. Pero las derechas no son las únicas en emerger. También en espacios que se autoadscriben como progresistas aparece una lógica cada vez más rígida, donde el desacuerdo se interpreta como traición y la complejidad se reduce a “buenos versus malos”. Cuando todo se traduce en “conmigo o contra mí”, lo que se erosiona no es solo el debate público, sino la posibilidad misma de lo común. Se suponía que eso hacían las instituciones, conciliar los intereses individuales para construir marcos comunes.
Insistimos en que las instituciones den lo que no pueden dar, al tiempo que, ante su fragilidad, estamos concediéndonos el permiso de abrazar respuestas que simplifican la realidad. En esa tensión entre la desilusión institucional y la necesidad de certezas, estamos redefiniendo el tipo de sociedad que estamos dispuestos(as) a construir… o a la que nos estamos resignando.




