Bajo el volcán: Demasiado al norte
La idea es aterradora; nosotros los vemos, pero quién está siempre al acecho son éstos, nos vigilan. No sólo nos vigilan, con sus sonrisitas y miradas inocentes, nos juzgan. Pobre tonto, tantos anhelos que teníamos y lo echaste todo a perder. Yo perduraré para siempre, tú envejeces, nos dicen.
Xavier Velasco, Premio Alfagura 2003 por Diablo Guardián, lo expone de maravilla en el primer párrafo de Éste que ves:
“Los retratos nos miran a nosotros más de lo que nosotros los miramos a ellos. Especialmente cuando somos niños y el retrato nos lleva toda la ventaja. Nos vigilan, también, y a veces saben cosas de nosotros que nadie se ha sabido imaginar. Ser niño y verme de noche y día retratado en la sala de la casa fue temer que ya nunca más podría darles todo lo el retrato prometió.”

Los retratos de niños pequeños no sólo son recuerdos, son promesas. Ese pequeñín representó la ilusión de sus padres, abuelos, tíos y demás; cada quien augurando cosas distintas pero siempre, o la mayoría de las veces, deseando lo mejor.
Velasco en Éste que ves (2007) nos entrega una autobiografía muy ácida sobre sus primeros años de vida. Ésta no es de color rosa, al contrario, es la remembranza de un campo de batalla. Con una prosa descarada y eléctrica, el autor nos conduce por colegios religiosos, las primeras humillaciones escolares y el descubrimiento de que la imaginación es la única escapatoria del mundo real, tan monstruoso y cruel.
Éste que ves es una novela sobre lo que nos imponen cuando somos niños, el miedo a la mediocridad y el pavor de decepcionar a los nuestros. Qué mejor manera que construir nuestra identidad a través de la rebeldía y la fantasia.
Si alguna vez se sintieron extraños en sus propias casa o rehenes en un salón de clases, este libro es la mejor catarisis para sanar las heridas pueriles.
Somos los libros que leemos…




