El INE y el ChatGPT
Existe una idea generalizada sobre que la empatía se enseña y se aprende. De modo que quien no es capaz de mostrar empatía frente a otros(as) es porque no se le enseñó o, se le enseñó “mal” y, por ende, no la aprendió. En ese sentido, a principios de la década de 1980, la filósofa y psicóloga Carol Gilligan observó que vivíamos en una época obsesionada con enseñarnos a gestionar nuestras emociones pues, al parecer, el grueso de la población carecía de inteligencia emocional.
Esta afirmación cambia el enfoque. Lo usual es que pensemos la empatía, la escucha, la capacidad de reconocer lo que sentimos o de reconocer el dolor ajeno como habilidades que deben adquirirse. Por eso abundan cursos, talleres y manuales para aprender a comunicarnos, gestionar emociones, resolver conflictos o desarrollar empatía. Pero Gilligan nos invita a formular una pregunta previa: ¿en qué momento dejamos de hacer aquello que alguna vez supimos hacer? Gilligan pensaba que más que preocuparnos en aprender a empatizar, deberíamos ocuparnos en evitar perder dicha capacidad.
Sus investigaciones sobre el desarrollo moral mostraron algo que, de alguna forma, aun parece novedoso. Al crecer, niñas y niños aprenden también qué emociones pueden expresar, qué relaciones deben privilegiar y qué partes de sí mismos conviene silenciar para ser aceptados. A los varones se les enseña muy pronto a separarse de la vulnerabilidad, el miedo, la ternura o la dependencia. A las mujeres, por el contrario, se les enseña con frecuencia a conservar la relación aun al precio de callar su propia voz. No perdemos lo mismo, pero aprendemos a desconectarnos.
Desde esta perspectiva, la inteligencia emocional no sería simplemente una capacidad que algunas personas desarrollan mejor que otras. Antes habría que preguntarnos qué tipo de sociedad necesita producir personas capaces de ignorar lo que sienten, de no escuchar lo que otras sienten o de considerar la vulnerabilidad como una falla. Pensemos en algo cotidiano. Un niño llora y alguien le dice: “no es para tanto”. Otro tiene miedo y escucha: “sé valiente”. Una niña se enoja y aprende que está siendo “problemática”. Más adelante, una persona se siente agotada, pero continúa porque detenerse parece irresponsable. Alguien percibe que una relación le hace daño, pero desconfía de su propia percepción. En todos estos casos hay una pequeña pedagogía de la desconexión: aprendemos que sentir algo no significa necesariamente que tengamos derecho a escucharlo.
Después ocurre algo paradójico. La misma sociedad que durante años nos enseña a contener, competir, soportar y desconfiar de nuestra vulnerabilidad, nos vende en la adultez herramientas para aprender (recuperar) la empatía, la escucha y la conexión que contribuyó a erosionar. Por eso la propuesta de Gilligan tiene implicaciones hasta políticas. Una sociedad no puede construirse únicamente agregando cursos de inteligencia emocional. Requiere revisar las instituciones, relaciones y mandatos que nos enseñan a dejar de escuchar; habilidad fundamental de para vivir con otros(as).
Cuidar esa capacidad implica permitir que niñas y niños nombren lo que sienten sin ridiculizarlo; reconocer que necesitar a otros(as) no es señal de inferioridad; enseñar que poner límites también forma parte del cuidado; y comprender que escuchar una voz distinta no exige renunciar a la propia.
Ponemos mucha atención en formar personas emocionalmente competentes, pero no nos preguntarnos qué hacemos para volverlas emocionalmente sordas. Por ello, no se trata solo de cómo desarrollar inteligencia emocional, sino qué tendríamos que dejar de hacer para no perderla.