Sobran especulaciones acerca de lo negociado con Estados Unidos para lograr la repatriación del General Salvador Cienfuegos.

El presidente López Obrador y el canciller Marcelo Ebrard desenredan la madeja alrededor de la misteriosa determinación de la justicia estadounidense, que privilegió el valor de la cooperación y la confianza bilateral, dejando claro, también, que la Corte acabó sometiéndose a intereses políticos mayores. No sorprendería que el desistimiento contra Cienfuegos haya sido orden del presidente Trump.

Aquí, el presidente López Obrador y el canciller Marcelo Ebrard explicaron que México reclamó a Washington por haber defraudado la confianza cuando la DEA investigó y capturó al general sin avisar el golpe. Eso molestó por una cuestión de principios y reciprocidad. No reclamar equivaldría a privilegiar los intereses de Estados Unidos sobre México.

Había dos opciones, explicó Ebrard: o se resarcía la confianza perdida o los caminos de cooperación se estrecharían.

En ese tono fue la “talacha” diplomática del canciller quien logró convencer a los de allá que la ropa sucia no se lava en casa ajena y menos en la lavandería de la DEA. Según el presidente López Obrador eso lo entendieron en Estados Unidos, aunque más de uno haga berrinche denunciando la negociación política en un asunto judicial.

En lo interno, la repatriación del General Cienfuegos cohesiona al Ejército en torno su Comandante Supremo. En la cúpula militar la detención del militar cayó como bomba. Había irritación con efectos perturbadores para la gobernabilidad del país.

Como haya sido, el General Cienfuegos llega libre, sujeto a una investigación de la Fiscalía General de la República. No investigarlo daría pie a la impunidad y traicionaría el acuerdo con el país vecino. Sería suicida.