Abren investigación en Francia por acoso sexual con gafas de IA
Hay momentos que ocupan muy poco tiempo y, sin embargo, terminan quedándose con nosotros para siempre; el primer día en una escuela nueva, el primer viaje sin compañía, el primer amor. A veces ni siquiera fueron experiencias extraordinarias. Quizá llovía, quizá estábamos nerviosos, quizá nada salió exactamente como pensábamos. Y aun así, algo en ellas permanece con nosotros aunque hagamos todo lo posible por olvidarlas.
Es extraño. Podemos olvidar cientos de trayectos cotidianos y, sin embargo, recordar con una claridad casi absurda aquella primera vez que llegamos solos a un lugar desconocido. Como si la memoria hubiera decidido guardar ciertos instantes bajo una campana de cristal. Tal vez ocurre porque las primeras veces tienen algo que el resto de los días pierde poco a poco: sorpresa.
Cuando todo es nuevo, la realidad parece más grande. Los colores parecen más vivos, las conversaciones más intensas, los caminos más largos. No porque el mundo cambie, sino porque todavía no hemos aprendido a recorrerlo de memoria. Con el tiempo nos acostumbramos.
La rutina es una especie de jardinero silencioso que poda los bordes de nuestra capacidad de asombro. Ya sabemos qué esperar. Conocemos el camino. Anticipamos el final de la historia antes de que empiece. Y entonces, dejamos de mirar con la misma atención.
Por eso las primeras veces tienen algo de magia. No porque sean perfectas, sino porque están llenas de incertidumbre. Son como abrir una puerta sin saber qué hay detrás. Como adentrarse en un bosque cuando todavía ningún sendero ha sido trazado. Durante unos instantes, el mundo vuelve a sentirse inmenso.
Marcel Proust escribió; “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Quizá por eso recordamos tanto las primeras veces: porque durante ellas todavía mirábamos con ojos nuevos.
Y tal vez ahí se esconde una pregunta interesante. Si lo que vuelve memorables las primeras veces no es el acontecimiento en sí, sino nuestra forma de mirarlo, ¿qué nos impide recuperar algo de esa mirada?
Quizá crecer no consiste únicamente en acumular experiencias, sino en resistirse a la costumbre. En seguir encontrando algo nuevo en lo familiar, no permitir que el mundo se vuelva completamente predecible. Porque las primeras veces son irrepetibles, pero el asombro no tendría por qué serlo.
Y ustedes, ¿qué opinan?