Abren investigación en Francia por acoso sexual con gafas de IA
Tus dientes muelen, tu mano golpea, tus ojos ven y, desde hace milenios, la humanidad ha construido herramientas que hacen exactamente lo mismo, pero más lejos, más fuerte, más rápido. El molcajete, el martillo, el telescopio: todos son, en cierta forma, fragmentos del cuerpo humano proyectados hacia el mundo.
Este proceso de creación de herramientas lo estudió Ernst Kapp en el siglo XIX, explicándolo como proyecciones de los órganos humanos. El martillo es una proyección de la mano cerrada; el telégrafo, una proyección del sistema nervioso como red interconectada. Curiosamente, Kapp argumenta que estos procesos son inconscientes: los humanos no desarrollan herramientas pensando que serán extensiones de su cuerpo, simplemente ocurre así. La tecnología se convierte entonces en un espejo a través del cual la humanidad descubre su propia naturaleza. Ejemplos de esto abundan en la gastronomía: el molcajete, el metate, el mortero, instrumentos diseñados en distintas latitudes para responder a la misma extensión corporal: el molido de los dientes.
Si nos adelantamos hasta estos tiempos modernos, fragmentados y algorítmicos, podríamos hablar de los datos que guardan las plataformas digitales como un registro continuo y externo al cuerpo, que permite consultar y almacenar el estado del mundo en tiempo real. Cada dato representa una verdad que ya ocurrió y que quedará almacenada en algún procesador en alguna parte del mundo. Sin embargo, hoy ya no basta con entender los datos como una simple extensión de la memoria, ni a los algoritmos como proyecciones del razonamiento deliberado. Algo más profundo está ocurriendo.
Hoy estamos ante humanos cyborg que, como lo explica Donna Haraway en su Manifiesta Cyborg, son seres para quienes la distinción entre organismo y máquina ya se ha desmoronado. Haraway argumenta que no podemos hablar de un humano pre-tecnológico: siempre nos hemos constituido a través de herramientas, lenguajes y aparatos. La tecnología ya no es solamente una extensión del cuerpo — lo co-constituye. Nuestros cuerpos, deseos e identidades están moldeados por las tecnologías que creemos simplemente usar. Dependemos de las aplicaciones del clima para decidir qué ponernos. El humano no es solamente aquello que se ve al espejo, sino el conjunto de todas las herramientas y aplicaciones que utiliza diariamente. El yo, revela Haraway, siempre fue múltiple.
Y si Kapp pudiera observar la relación que tiene el humano del siglo XXI con la tecnología, probablemente estaría de acuerdo: la frontera entre organismo y máquina es hoy una ficción política y filosófica.
Entonces, sabiendo que somos híbridos y que llevamos partes tecnológicas en nosotros, las preguntas que quedan abiertas son urgentes y personales: ¿en qué tipo de cyborgs queremos convertirnos? ¿Qué tipo de herramientas merecemos construir, y cuáles merecemos cuestionar? La reflexión no termina aquí, más bien, comienza cada vez que desbloqueas tu teléfono.




